17/08/2026
ATEROSCLEROSIS: CUANDO LAS ARTERIAS SE ENDURECEN Y EL CORAZÓN PAGA EL PRECIO
La aterosclerosis es una enfermedad crónica y progresiva de las arterias, caracterizada por la acumulación de placas de grasa, colesterol, calcio y restos celulares en la capa interna de los vasos sanguíneos. Este proceso lento pero implacable convierte a las arterias, que deberían ser elásticas y flexibles, en conductos rígidos y estrechados que limitan el flujo de sangre hacia órganos vitales como el corazón, el cerebro y los riñones. Aunque muchas veces comienza en la juventud sin dar señales, sus consecuencias suelen manifestarse en la edad adulta con eventos graves como infartos de miocardio, accidentes cerebrovasculares o insuficiencia renal.
El desarrollo de la aterosclerosis inicia con una lesión en el endotelio, la delicada capa que recubre el interior de las arterias. Factores como la hipertensión arterial, el tabaquismo, la diabetes, el colesterol elevado y la obesidad favorecen este daño inicial. La disfunción endotelial permite que el colesterol LDL se infiltre en la pared arterial, donde es captado por macrófagos que se transforman en células espumosas, dando origen a las llamadas estrías grasas. Con el tiempo, estas lesiones evolucionan a placas fibrosas y calcificadas que estrechan la luz arterial y alteran la circulación. El peligro real surge cuando una de estas placas se rompe, desencadenando la formación de un coágulo que puede obstruir completamente el vaso y provocar un evento agudo, como un infarto o una trombosis cerebral.
Los síntomas de la aterosclerosis dependen del territorio afectado. En las arterias coronarias, se traduce en angina de pecho o infarto de miocardio; en las arterias carótidas, en accidentes cerebrovasculares o episodios isquémicos transitorios; y en las arterias de las piernas, en claudicación intermitente, un dolor que aparece al caminar y mejora con el reposo. Sin embargo, en muchos casos la enfermedad progresa de forma silenciosa hasta que se manifiesta con una complicación grave.
El diagnóstico se apoya en la historia clínica, análisis de lípidos y pruebas de imagen como la ecografía Doppler, la tomografía computarizada y la angiografía, que permiten identificar el grado de obstrucción y la extensión de la enfermedad.
El tratamiento combina cambios en el estilo de vida, fármacos y, en algunos casos, procedimientos invasivos. Abandonar el tabaco, mantener una dieta equilibrada, practicar ejercicio regular y controlar el peso son pilares fundamentales. En el ámbito farmacológico, los medicamentos hipolipemiantes como las estatinas, los antihipertensivos y los antiagregantes plaquetarios ayudan a reducir el riesgo de complicaciones. Cuando las obstrucciones son severas, se recurre a la angioplastia con colocación de stents o a la cirugía de bypass para restaurar el flujo sanguíneo.
Más allá de sus mecanismos biológicos, la aterosclerosis es un reflejo del estilo de vida moderno, marcado por el sedentarismo, el consumo excesivo de grasas saturadas y el estrés. Su carácter silencioso la convierte en una amenaza latente que erosiona la salud cardiovascular sin ser percibida hasta que es demasiado tarde. Conocerla, prevenirla y actuar a tiempo no solo prolonga la vida, sino que preserva la calidad con la que se vive, recordándonos que nuestras arterias son los caminos por donde transita la esencia misma de nuestra vitalidad.