27/01/2025
El desarrollo infantil no es una línea recta que todos recorren al mismo ritmo. Algunos niños aprenden a leer a los 4 años, otros a los 5, muchos a los 6 o 7. Esta variabilidad es parte natural del desarrollo, y aunque en algunos niños puedan existir dificultades específicas que requieran apoyo adicional, no podemos convertir en norma la idea de que todos deben alcanzar la lectoescritura con fluidez antes de primero de primaria como si se tratara de una ley universal.
El aprendizaje de la lectura sigue un proceso estructurado y ese proceso no ocurre en todos los niños al mismo tiempo ni de la misma manera. Se pueden estimular habilidades previas, claro, pero eso no cambia el hecho de que el cerebro de cada niño madura a su propio ritmo, y cuando se le exige algo para lo que aún no está listo, lo que se genera no es aprendizaje, sino frustración.
A lo largo de los años, el trabajo con niños y familias me ha dejado claro que comparar el desarrollo de un niño con el de otro es una de las prácticas más dañinas que existen, y sin embargo, es algo que se sigue haciendo a diario con el proceso de lectoescritura. Un niño de 6 años que aún no lee con fluidez no tiene necesariamente un problema de aprendizaje. El problema está en asumir que su ritmo es un error.
Estas reflexiones han cobrado aún más sentido mientras avanzo en la Maestría en Intervención Psicológica en el Ámbito Educativo de Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), donde he podido sumergirme en lecturas profundamente reveladoras. Analizar autores como Piaget, Vygotski y Bruner (entre otros) no solo me ha dado una visión más profunda del desarrollo infantil, sino que ha reforzado una idea clave: la formación del adulto que acompaña al niño es tan determinante como el proceso del propio niño. Comprender cómo aprende cada niño nos permite acompañarlo desde sus capacidades, no desde nuestras expectativas. No se trata solo de enseñar, sino de saber cómo y cuándo cada niño está preparado para aprender. Formarnos en este conocimiento no solo mejora la educación, también protege la infancia.
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Psicóloga Mónica Triana
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Asesoría en Crianza y Educación Emocional