26/08/2026
Hay cosas que, quizás, cuando uno no sentía tanto el peso de la realidad y las responsabilidades sobre los hombros, no dimensionaba cuánto algún día se iban a extrañar.
Levantarse ya cansado, y que los primeros minutos del día estén empañados por una mala noticia. Que mirar el teléfono no signifique enterarse de un robo, un aumento, una alerta naranja, un pago olvidado, un impuesto con aumento, un reclamo de recetas, un problema, un “no alcanza”, un “no puedo”.
Se extraña que cuando sonaba el timbre pudiera pensar: “Qué lindo, vino alguien a visitarme”. O que llegara una carta, un libro, y no sentir inmediatamente que alguien necesita algo, qué será lo que necesita esa persona, si es seguro abrirle la puerta o si conviene hacer silencio para no ser molestado con algo más.
Se extraña esa sensación de tranquilidad cotidiana. Salir a la calle sin mirar tantas veces para los cuatro costados. Qué tipo de cartera llevar, dónde poner el teléfono y en qué rincón de la geografía humana guardar el dinero. Caminar, tomar un colectivo, andar en bicicleta, volver tarde del trabajo, sin que cada decisión implique hacer cálculos de riesgo.
Se extraña también la solidaridad que circula en todas las direcciones. De arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, de izquierda a derecha y viceversa. Una solidaridad que no dependiera solamente de quien menos tiene, de quien trabaja hasta agotarse o de quien ya no puede más con sus huesos, nervios, historia o incertidumbre.
Mientras tanto, escuchamos que “se está trabajando para nosotros”, pero muchas veces buscamos ese trabajo en hospitales que se vienen abajo por falta de recursos, de estructura y de personal. Las mutuales cobran pero no responden. El ciudadano de a pie, que deambula buscando soluciones, haciendo trámites por enésima vez.
En quienes aún quieren darle una buena educación a sus hijos y no saben cómo sostenerla. O en quienes piensan en no traer hijos porque ya hicieron el cálculo económico y de tiempo, y hace agua por todos lados. Todos los que trabajamos, nos reinventamos, seguimos creando, y aun así el sueldo no alcanza.
No se extraña una época perfecta. Porque lo perfecto no existe. Se extraña, quizás, la posibilidad de vivir sin sentir permanentemente que hay que estar preparados para el próximo golpe, para una caída de la que quizás ya no tengamos fuerza para levantarnos, o para un túnel al que ya no se le ve ni luz ni salida.
Se extraña poder disfrutar de algo sin pensar cuánto cuesta, cuánto riesgo implica o qué traerá aparejado mañana.
Entonces muchos nos preguntamos cuánto esfuerzo interior, psicológico, energético y emocional necesitamos para conservar algo tan simple como la esperanza, el ánimo, la sonrisa, el deseo, el disfrute, un sueño. El amor. Un proyecto.
Porque además de sobrevivir, estamos aquí para vivir, o nos vienen mintiendo hace rato.
Uno quiere trabajar sin sentir que nos estamos rompiendo. Queremos cuidar, sin tener que convertirnos en gestores, enfermeros, administrativos, buscadores de soluciones, deudores de vida, etc. Queremos caminar tranquilos. Parece una utopía, ¿no? Queremos llegar a casa, respirar y no sentir que es nuestro último aliento.
Las soluciones inmediatas en esta parte del planeta, sabemos que no existen.
Lo que sí sabemos es que hace falta educación, salud, contención, familias presentes, comunidad, trabajo, oportunidades y políticas que piensen en las personas. Hace falta un Estado que funcione para los que representa y no para sí mismo. Que esté presente cuando realmente se lo necesita. Que no sea sordo, déspota, inhumano y, encima, mentiroso.
También necesitamos recuperar algo que no debería ser un lujo: la sensación de que vivir no es estar permanentemente a la defensiva o en alerta inminente.
Quizás por eso se extrañan tantas cosas que antes parecían pequeñas, sencillas, simples. Una visita que era solamente una visita, un mensaje que traía una buena noticia. Un viaje en colectivo sin miedo. Un sueldo que alcanzaba un poco más. Una mano que ayudaba sin preguntar primero qué recibía a cambio.
Y creo que, sobre todo, se debe extrañar esa sensación de que el futuro, aún con sus problemas, no era algo que había que enfrentar todos los días con los dientes y un cuchillo apretados como Rambo.
Porque es agónico, triste y desesperanzador acostumbrarnos al caos hasta terminar creyendo que vivir así es lo normal.
Quizás tengamos que volver a preguntarnos qué sociedad queremos construir…para nosotros, si seguimos en carrera; para las futuras generaciones; y para que no terminen extrañando cosas que algunos de nosotros todavía tuvimos la suerte de conocer. Gabriela 🍀