18/06/2025
Desde el amanecer del tiempo, cuando el ser humano alzó la vista hacia el cielo estrellado buscando respuestas, el mundo ha estado marcado por la guerra.
Guerras por territorios, por poder, por recursos... y también, por dioses.
Guerras santas, cruzadas, yihad, inquisiciones, genocidios en nombre de lo sagrado.
Guerras vestidas de fe, pero alimentadas por ambición y odio.
Si uno se detiene a observar con detenimiento el largo curso de la historia, verá que la sangre ha corrido con igual fluidez en los templos que en los campos de batalla.
Han sido incontables las civilizaciones que se han alzado y caído, cada una bajo su estandarte sagrado, cada una proclamando que su dios era el único, el verdadero, el justo.
Y sin embargo, la paz ha sido siempre un susurro, frágil y momentáneo, como el canto del viento antes de la tormenta.
Se nos ha dicho que la religión debía traer luz al corazón humano, enseñarnos compasión, templanza, fraternidad.
¿Y qué vemos?
Templos ricos y pueblos hambrientos.
Dogmas que separan más que unen.
Líderes espirituales que imponen el miedo en vez de despertar la conciencia.
El velo de lo divino se ha usado para ocultar intereses humanos.
Las religiones, muchas veces, no han sido faros, sino cadenas.
Instrumentos de control más que caminos hacia la verdad.
Se nos ha enseñado a temer un in****no más que a amar la virtud,
a obedecer ciegamente más que a comprender con profundidad.
Y en esa danza de creencias enfrentadas, los pueblos han ardido.
La tierra ha bebido lágrimas y sangre, generación tras generación.
La humanidad, dividida en nombres, en símbolos, en profetas.
Como si la verdad pudiera tener dueño, como si lo eterno pudiera encerrarse en un libro o en un templo.
No todos los hombres de fe han sido ciegos, es cierto.
Algunos, los menos, han buscado la esencia detrás del rito.
Pero la estructura, el sistema, las jerarquías...
esas, casi siempre, han servido más al ego que al alma.
Y hoy, el mundo arde nuevamente.
Guerras en nombre de un dios, de una tierra prometida,
de un libro ancestral malinterpretado, de una supremacía inventada.
¿Hemos aprendido algo?
Lo dudo.
El verdadero Dios, no puede ser el que divide, castiga, excluye.