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Raíz, fe y sanación: el legado de AdelaAdelaida, o “Adela”, como con cariño la llamaban sus vecinos, amigos y familiares...
28/04/2026

Raíz, fe y sanación: el legado de Adela
Adelaida, o “Adela”, como con cariño la llamaban sus vecinos, amigos y familiares, fue una mujer de creencias ancestrales, una de esas almas que no hacen ruido, pero dejan huellas imborrables.
En un territorio donde la ausencia del Estado era rutina y la medicina moderna muchas veces no llegaba, ella se convirtió en esperanza. No llevaba bata blanca ni títulos colgados en la pared, pero tenía algo más poderoso: el conocimiento heredado de sus ancestros y una fe inquebrantable en el poder de la tierra.
Su patio no era solo tierra, era vida. Era una farmacia viva donde cada planta tenía un propósito, cada raíz un secreto y cada preparación una intención. Allí, entre hojas, rezos y silencio, Adela curó a incontables personas. Llegaban con dolor, con miedo, con enfermedades que no encontraban alivio, y se iban con esperanza.
Pero su medicina no estaba solo en las manos, estaba en el alma. Sabía escuchar, sabía contener, sabía mirar más allá del cuerpo. Porque para ella, sanar no era solo aliviar un síntoma… era devolverle la paz a quien la había perdido.
Nunca cobró lo que valía. Nunca buscó reconocimiento. Su recompensa era ver a alguien levantarse, respirar mejor, volver a sonreír.
En medio de la tristeza, también fue luz. Siempre tenía un chiste, una risa lista, porque no le gustaba ver a nadie triste. Y cuando sonaba la chirimía o el “pellejo”, ahí estaba ella, bailando, recordándole a todos que la vida, incluso en medio del dolor, también se celebra.
Adela no solo sanaba a los vivos… también acompañaba a los que partían. En los rituales, en los cantos, en los momentos más difíciles, su voz se convertía en guía, en consuelo, en puente entre este mundo y el descanso.
Su vida fue servicio. Su legado, inmenso.
Falleció en el año 2022, en medio de la pandemia del COVID-19, en una época donde el mundo entero hablaba de salud… pero pocos entendían lo que realmente significa cuidar.
Hoy, quienes la conocieron saben que Adela no se fue.
Porque las manos que sanan, nunca desaparecen.
Se quedan en la memoria, en la fe… y en cada vida que lograron tocar.

En lo profundo del Chocó, donde la selva respira historias y el río murmura secretos antiguos, vive Gorgonia: una mujer ...
28/04/2026

En lo profundo del Chocó, donde la selva respira historias y el río murmura secretos antiguos, vive Gorgonia: una mujer que no solo cura huesos, sino que también sana esperanzas. A ella la conocen como “la pega huesos”, y su nombre viaja de boca en boca cada vez que alguien sufre una caída, un accidente o una fractura.
“Vaya pa’ Certegui, allá hay una señora buenísima pa’ eso”, dice la gente con fe firme, como quien recomienda algo que no falla. Y es que Gorgonia no trabaja con máquinas modernas ni fórmulas de laboratorio; su medicina nace de la tierra, de emplastos preparados con plantas, de manos sabias y de secretos heredados generación tras generación.
Son muchos los rostros que han pasado por su casa: gente adolorida, preocupada, con la incertidumbre en los ojos… y que luego se van con alivio, con gratitud, con esa sonrisa que solo da el sentirse mejor. Día tras día llegan más, buscando lo mismo: una segunda oportunidad para sanar. Y aunque no hay cifras escritas, en el sentir del pueblo se habla de resultados que rozan lo milagroso.
Pero entre tanta historia bonita también queda un sinsabor. Gorgonia lo sabe, y el pueblo también: los jóvenes de hoy ya no muestran el mismo interés por aprender estos saberes. La tecnología avanza a paso veloz —necesaria, sí— pero también arrastra consigo tradiciones que poco a poco se van quedando en el olvido.
Es ahí donde nace la preocupación… y también el llamado.
Que saberes como los de Gorgonia y Adelaida no se pierdan. Que no se queden solo en cuentos de los mayores ni en recuerdos del pasado. Que esta medicina ancestral, tan nuestra, tan del monte y del alma, siga viva en las manos de nuevas generaciones.
Porque el Chocó no es solo tierra rica en naturaleza, sino en cultura, en conocimiento, en sabiduría que muchos subestiman sin entender su verdadero valor.
Y mientras el río siga corriendo y la selva siga susurrando, que también siga viva la memoria de mujeres como Gorgonia… guardianas de una herencia que no debería desaparecer jamás.

En Quibdó se está sintiendo algo que no debería volverse costumbre: el miedo. Una ciudad que siempre ha sido sinónimo de...
27/04/2026

En Quibdó se está sintiendo algo que no debería volverse costumbre: el miedo. Una ciudad que siempre ha sido sinónimo de alegría, cultura y resistencia, hoy enfrenta una realidad que duele. La violencia no solo se mide en cifras, se siente en el silencio de las calles, en la preocupación de las madres, en la incertidumbre de quienes salen cada día a trabajar sin saber qué puede pasar.
Pero más allá de señalar culpables, esta es una invitación a reflexionar. Porque la violencia no aparece de la nada, crece cuando como sociedad dejamos de mirarnos, de cuidarnos, de respetarnos. Cuando la indiferencia se vuelve normal, el problema se hace más grande.
Quibdó no es solo noticias negativas. Es su gente trabajadora, es su cultura viva, es la fuerza que ha demostrado históricamente para levantarse en medio de las dificultades. Por eso, hoy más que nunca, se necesita conciencia. Conciencia para no normalizar lo que está mal, para enseñar valores desde casa, para apoyar a los jóvenes antes de que tomen caminos equivocados, y para entender que cada acción suma o resta en la construcción de ciudad.
No se trata solo de pedir seguridad, se trata también de construirla entre todos. De volver a saludarnos, de cuidar al vecino, de ser ejemplo. Porque una ciudad no cambia solo con leyes, cambia cuando su gente decide hacerlo diferente.
Que esta situación no nos robe la esperanza, pero sí nos despierte. Porque Quibdó merece volver a sentirse tranquila, y eso empieza por cada uno de nosotros.

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