12/06/2026
Hace unos días, NBC News publicó una investigación sobre una herramienta de inteligencia artificial que dos tercios de los médicos estadounidenses ya usan para tomar decisiones clínicas.
Nadie los obligó. Nadie se los pidió. Lo adoptaron solos, desde sus teléfonos, en silencio.
Se llama OpenEvidence. Y su historia nos dice algo importante, no solo sobre la IA, sino sobre nosotros.
¿𝗤𝘂𝗲́ 𝗲𝘀 𝗢𝗽𝗲𝗻𝗘𝘃𝗶𝗱𝗲𝗻𝗰𝗲 𝘆 𝗽𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝗰𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼́ 𝘁𝗮𝗻 𝗿𝗮́𝗽𝗶𝗱𝗼?
Es un motor de búsqueda médica potenciado por inteligencia artificial. Tiene acceso licenciado al texto completo de las revistas más importantes del mundo: NEJM, JAMA, guías del American Diabetes Association, del National Comprehensive Cancer Network. Un médico puede escribir en lenguaje natural: "¿Cuál es el antibiótico preferido para un paciente aspléctico con fiebre?" y recibir una respuesta con referencias directas a la evidencia, en segundos.
Es gratis. Funciona en el teléfono. Allá requiere credenciales médicas verificadas para acceder.
Según la propia empresa, en abril de 2026 estuvo presente en 27 millones de encuentros clínicos.
Alrededor de 650,000 médicos en EE.UU. lo usan activamente. Su valoración pasó de 1.000 millones de dólares a 12.000 millones en poco más de un año, respaldada por Sequoia Capital, Google Ventures, Andreessen Horowitz y Nvidia.
Los médicos entrevistados por NBC News lo describen como particularmente útil para consultas fuera del área de especialidad propia: el cirujano que necesita confirmar si puede suspender un antihipertensivo antes de operar, el médico rural que duda entre una radiografía y un TAC para una fractura vertebral, el especialista que recuerda vagamente un detalle de farmacología que no practica todos los días.
"Su crecimiento ha sido exponencial", dice un médico de Harvard que actualmente analiza 90 millones de consultas enviadas a la plataforma desde 2024.
𝗟𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗲𝗻𝘁𝘂𝘀𝗶𝗮𝘀𝗺𝗼 𝗻𝗼 𝗱𝗶𝗰𝗲
No existe a la fecha ningún ensayo clínico aleatorizado que demuestre que OpenEvidence mejora los desenlaces de los pacientes.
Ninguno.
La herramienta obtuvo el 100% en el USMLE, el examen oficial de licenciatura médica en Estados Unidos. Es un logro técnico impresionante. Pero el USMLE evalúa conocimiento estructurado en escenarios controlados. La práctica clínica real es ruido, incertidumbre, comorbilidades, contexto social, sesgos de presentación, urgencia. No son la misma cosa.
Un estudio académico —hay que ser precisos: todavía sin revisión por pares— encontró que OpenEvidence responde correctamente menos del 45% de las preguntas médicas complejas. Los propios médicos entrevistados reportan errores en condiciones poco frecuentes: conclusiones exageradas extraídas de estudios con muestras pequeñas, advertencias de toxicidad sobredimensionadas respecto al riesgo real.
Aquí está la paradoja del médico: Somos la profesión que más exige evidencia.
Pedimos ensayos clínicos, revisiones sistemáticas, nivel de evidencia, tamaño de muestra, seguimiento a largo plazo. Y adoptamos en masa, sin esperar a que la evidencia nos diga si la herramienta hace lo que creemos que hace.
Eso no es un problema de la herramienta. Es un problema de cómo estamos tomando decisiones sobre las herramientas.
El shadow AI: lo que pasa debajo del agua
Hay un concepto que aparece en el reportaje y que me parece honesto hasta el incómodo: el "shadow AI".
Los sistemas de salud regulan y aprueban las tecnologías visibles. Los sistemas de información hospitalarios, los softwares de expediente clínico, los equipos de diagnóstico. Hay comités, procesos de adquisición, validaciones.
Pero mientras tanto, los médicos usan OpenEvidence, ChatGPT, Gemini u otras herramientas en sus dispositivos personales. Con datos de pacientes: edad, s**o, antecedentes, medicamentos. Sin nombres propios, sí, pero con información clínica real. Sin que la institución lo sepa. Sin que pueda auditarlo.
No es maldad. Es urgencia clínica mezclada con herramientas accesibles y una brecha real en los sistemas formales de soporte a la decisión.
Pero el resultado institucional es el mismo: decisiones clínicas parcialmente influenciadas por herramientas no auditadas, no gobernadas, no monitoreadas.
En EE.UU., algunos hospitales ya están respondiendo. Mount Sinai —47,000 empleados— integró OpenEvidence directamente a su expediente electrónico institucional, para traer lo que estaba en la sombra a la superficie. Es una respuesta inteligente: si no puedes detener el uso, mejor gobernarlo.
Lo que más me preocupa: la formación médica
Un médico veterano citado en el reportaje lo dice directamente, y creo que merece repetirse:
"Cuando introduces una herramienta que hace parte de lo que entrenaste durante años, pierdes esas habilidades rápidamente. Y lo estamos introduciendo desde el principio de la formación médica, antes de que los estudiantes hayan desarrollado el criterio para evaluar las respuestas que reciben."
Eso no es adopción tecnológica. Es sustitución de una habilidad que todavía no se ha formado.
Un clínico con quince años de experiencia que usa OpenEvidence para confirmar una duda puntual, contrasta la respuesta con su criterio clínico y decide. Hay un filtro.
Un residente de primer año que usa OpenEvidence para razonar un caso que todavía no tiene capacidad de razonar solo, no está usando una herramienta de apoyo. Está delegando un proceso cognitivo que todavía no le pertenece.
La diferencia no es la herramienta. Es el criterio que la filtra. Y ese criterio no se construye con atajos.
¿𝗬 𝗲𝗻 𝗘𝗰𝘂𝗮𝗱𝗼𝗿 𝘆 𝗔𝗺𝗲́𝗿𝗶𝗰𝗮 𝗟𝗮𝘁𝗶𝗻𝗮?
OpenEvidence no está disponible directamente para algunos. Requiere un número de identificación médica estadounidense —el NPI— para registrarse.
Pero el fenómeno ocurre igualmente.
ChatGPT, Gemini, Copilot y otras herramientas ya están en los bolsillos de los médicos ecuatorianos y latinoamericanos. Sin acceso licenciado a evidencia de calidad. Sin verificación de credenciales. Sin ningún marco institucional. Sin protocolos de uso clínico. Sin discusión en los equipos asistenciales.
Mientras en EE.UU. la conversación ya es "¿cómo gobernamos este uso?", en Ecuador ni hemos llegado formalmente al "¿qué está usando el equipo?"
Esa brecha no es solo de acceso tecnológico. Es de gobernanza institucional. Y es urgente.
𝗟𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗶́ 𝘀𝗲 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗱𝗲𝗰𝗶𝗿
La inteligencia artificial tiene un lugar legítimo en la práctica clínica. El potencial para democratizar el acceso a evidencia actualizada, para apoyar decisiones en entornos con baja especialización disponible, para reducir errores en consultas fuera del área de formación propia, es real.
Pero ese lugar necesita ser construido con evidencia sobre su impacto, con marcos institucionales claros, con educación crítica para los profesionales que la usan, y con honestidad sobre lo que todavía no sabemos.
La adopción masiva sin gobernanza no es innovación. Es improvisación con consecuencias potenciales para pacientes reales.
La evidencia no sirve para tener razón. Sirve para cuidar mejor.
Fuente: Perlo, J. (2026, mayo 13). Most U.S. doctors are quietly using this AI tool. Few patients know about it. NBC News. https://www.nbcnews.com/tech/tech-news/openevidence-ai-doctor-medical-physician-login-app-what-npi-uptodate-rcna341064
OpenEvidence, an AI-powered medical search tool, has become a fast friend to America’s doctors and is now used by nearly two-thirds of physicians.