28/05/2026
Si de pequeña nunca sabías con cuál versión de tu madre ibas a encontrarte…
A veces estaba bien. A veces, sin razón aparente, el ambiente se ponía denso. Y tú aprendiste a leer la habitación antes de entrar. A mirar su cara, su postura, el tono de su voz. A calcular cada palabra antes de decirla. A hacerte pequeña para evitar la tormenta.
Eso se llama hipervigilancia. Y fue una estrategia de supervivencia muy inteligente de tu parte.
El problema es que ese sistema nervioso que aprendió a vivir en alerta constante… lo llevas contigo a todas tus relaciones.
Y cuando alguien te da calor un día y frialdad al otro, cuando no sabes muy bien en qué pie estás, cuando la conexión aparece y desaparece sin lógica… tu cuerpo no lo vive como una señal de peligro.
Lo vive como algo familiar.
La intermitencia no te resulta extraña. Te resulta conocida. Y lo conocido, aunque duela, se siente como hogar.
Pero familiar no es lo mismo que sano.
Conocido no es lo mismo que bueno para ti.
Mereces una presencia constante. Una seguridad que no tengas que ganarte. Un vínculo donde no necesites leer caras para saber si estás a salvo.
Eso existe. Y puedes aprenderlo, aunque no lo hayas vivido de pequeña. 🤍