25/08/2026
ENFERMO QUE COME NO MUERE
“Enfermo que come no muere”. ¿Quién no ha escuchado alguna vez esas palabras cuando alguien de la familia está enfermo? Es una expresión muy nuestra, de esas que suelen decir las madres y las abuelas cuando ven que una persona que llevaba días sin querer probar alimento finalmente pide un caldo, una fruta o cualquier cosa de comer. En ese momento todos sienten un poco de tranquilidad y alguien termina diciendo: “Ya pidió comida, eso es buena señal”.
Y tiene sentido que lo relacionemos con una mejoría. Cuando estamos enfermos es común que disminuya el apetito. Una infección, la fiebre, el dolor, algunos medicamentos e incluso el mismo cansancio pueden hacer que la comida deje de provocarnos. Por eso, cuando una persona delicada comienza nuevamente a sentir hambre, muchas veces lo interpretamos como una señal de que está recuperando fuerzas y que su cuerpo empieza a responder mejor.
Además, comer es importante durante una enfermedad. El organismo necesita energía y nutrientes para seguir funcionando, mantener los músculos, reparar tejidos y sostener sus defensas. Una persona que pasa demasiado tiempo comiendo muy poco puede debilitarse, perder peso y tener menos reservas para enfrentar una enfermedad. De ahí también nació esa preocupación familiar de insistir: “Come aunque sea un poquito”, porque todos entendemos que un cuerpo enfermo necesita alimento.
Pero la medicina nos muestra que el dicho no puede tomarse literalmente. Tener apetito no significa que una persona esté fuera de peligro, así como dejar de comer tampoco significa necesariamente que vaya a morir. Existen enfermedades graves en las que el paciente todavía puede comer y otras menos peligrosas que pueden quitar completamente el hambre durante algunos días.
Por eso el apetito puede darnos información, pero no cuenta toda la historia. Para saber cómo está realmente una persona también importa observar su respiración, temperatura, presión, estado de conciencia, hidratación, dolor, evolución de la enfermedad y, cuando corresponde, los resultados de sus estudios. En una persona mayor o delicada, una pérdida marcada del apetito que aparece repentinamente también merece atención, especialmente si viene acompañada de debilidad, confusión, vómitos, dificultad para respirar o incapacidad para beber líquidos.
Así que aquella expresión que hemos escuchado durante tantos años conserva algo muy humano: cuando un enfermo vuelve a pedir comida, la familia siente esperanza porque ve regresar una parte de sus fuerzas. Puede ser una buena señal dentro de su recuperación, pero su verdadero estado de salud no depende solamente de que tenga hambre.
“Enfermo que come no muere” seguirá escuchándose en nuestras casas, porque nació del deseo de ver levantarse a quien queremos. Y quizá por eso, cuando alguien enfermo finalmente pregunta “¿qué hicieron de comer?”, más de uno respira un poquito más tranquilo.