08/06/2026
✍️ LUNES DE TESTIMONIO
Soy Florencia y hoy quiero contarles mi historia...
Todo comenzó cuando tenía 31 años. Descubrí una pequeña lesión en el p***n de mi mama derecha.
Acudí al médico y me recetaron una crema cicatrizante. Sin embargo, con el paso del tiempo, la lesión fue empeorando hasta el punto de que mi p***n prácticamente había desaparecido.
Como soy diabética, pensaba que esa era la razón por la que no lograba sanar.
Me recetaron diferentes cremas, antibióticos y tratamientos, pero nada funcionó.
A los 33 años me convertí en mamá por segunda vez.
Durante el embarazo, el médico que me controlaba no le dio importancia a la lesión. Me indicó una nueva crema y, por un momento, pareció mejorar.
Pero no fue así.
Incluso tuve que amamantar a mi bebé únicamente con el seno izquierdo.
Cuando finalmente recibí mi diagnóstico, recuerdo que sentí mucho enojo con aquel médico. Hoy, en cambio, agradezco profundamente haber podido traer a mi hija al mundo.
Después de eso me alejé de los médicos por un tiempo.
Fue un error.
A los 35 años decidí consultar con otra doctora.
Me solicitó una mastografía y una ecografía mamaria. Los estudios no mostraron nada alarmante, únicamente algunos pequeños nódulos.
Aun así, me recomendó acudir con un especialista.
Intenté sacar cita, pero no pude porque no contaba con una derivación. Mientras resolvía el trámite, terminé consultando a otra doctora.
En una ocasión me acerqué directamente al consultorio del especialista y él me respondió:
—Yo solo atiendo pacientes con cáncer.
Regresé a casa angustiada.
Cuando finalmente me tocó consulta con la doctora que me estaba atendiendo, sucedió algo que cambiaría mi vida.
Ella fue mi ángel.
Apenas me vio, tomó muestras de tejido para realizar una biopsia y me pidió regresar una semana después.
Fueron días de mucha angustia.
Mi pareja y mis hijos fueron mi refugio.
Cuando regresé por los resultados, vi al mismo especialista que me había dicho que solo atendía pacientes con cáncer.
En ese instante sentí que el mundo se me venía encima.
Las lágrimas comenzaron a correr sin control.
Me hizo sentar y me explicó que tenía Enfermedad de Paget, un tipo poco frecuente de cáncer de mama que afecta el p***n y la ar**la.
Me explicó que, en principio, la cirugía consistiría en retirar el p***n intentando conservar la mama.
Para ello necesitaba una resonancia magnética que permitiera evaluar la extensión de la lesión.
Salí de aquella consulta, levanté la mirada al cielo y dije:
—Dios mío, acepto tu voluntad, pero por favor dame fortaleza para afrontar esta prueba.
Llegó el día de mi ingreso al hospital.
Justo entonces llegaron los resultados de la resonancia.
Mi médico salió y me dijo:
—Necesito hablar contigo a solas.
Mientras caminábamos por el corredor agregó:
—No te vas a quedar internada. No voy a operarte.
Por un instante mi rostro se iluminó.
Pensé que todo había sido un error.
Pensé que no tenía nada.
Pero cuando llegamos al consultorio me pidió que tomara asiento, me mostró los estudios y me dijo:
—No puedo operarte porque tu cáncer está muy avanzado. Ocupa toda la mama y se extiende hacia la axila como una araña. Además, debido a tu diabetes, la cirugía representa un riesgo muy alto.
Sentí que moría en ese momento.
Pensé en mis hijos.
Pensé en todo lo que aún quería vivir.
Sentía que me estaban hablando de otra persona.
¿Por qué a mí?
Después me realizaron otra biopsia con aguja y fui derivada al oncólogo.
Comencé quimioterapia.
Recibí cuatro quimioterapias rojas que no dieron el resultado esperado.
Más tarde me diagnosticaron cáncer de mama triple negativo y continué con cuatro quimioterapias blancas.
Durante el proceso me realizaron tomografías y centellograma óseo de cuerpo completo.
Por si fuera poco, mi médico fue muy claro:
—Si existe metástasis, no voy a operarte. No vale la pena correr ese riesgo.
Jamás perdí mi fe.
Le pedí a Dios una oportunidad más.
Le pedí vida para poder criar a mis hijos, que entonces tenían apenas seis y tres años.
Recuerdo también que, durante la segunda quimioterapia roja, comenzó a caerse mi cabello.
Decidí cortarlo jugando con mis niños para que el cambio no fuera tan brusco para ellos.
Aunque intentaba ser fuerte, me dolía profundamente que me vieran así.
Lloré.
Lloré mucho.
Lloré en silencio la pérdida de mi cabello, de mis cejas y de la imagen que tenía de mí misma.
Durante un tiempo evité los espejos.
Porque cada vez que me miraba, veía a una paciente oncológica y eso me partía el alma.
Mi papá me acompañaba a las quimioterapias.
Mi suegra me ayudaba con mis hijos.
Mi pareja estuvo a mi lado.
Cada uno cumplió un papel fundamental en mi camino.
No podía rendirme.
Entonces llegaron las buenas noticias.
Los estudios salieron perfectos.
Y para la segunda quimioterapia blanca, aquella lesión que durante años había marcado mi vida ya se había cerrado.
Al terminar el tratamiento programamos una mastectomía radical con vaciamiento axilar.
La cirugía fue un éxito.
Al segundo día me dieron de alta y me retiraron el drenaje.
Sí, leyeron bien.
Me fui a casa sin drenaje.
Mi recuperación fue tan rápida que mi médico no podía explicarlo.
Yo simplemente le respondí:
—Mi Dios me sanó, y ustedes son el mejor equipo médico que alguien podría tener.
Él sonrió y me dijo:
—Realmente eres una mujer bendecida.
Fue entonces cuando entendí algo muy importante.
La pregunta nunca fue "¿Por qué?".
La verdadera pregunta era:
"¿Para qué?"
Y hoy creo que una de esas respuestas es compartir mi historia.
Para decirles que nunca pierdan la fe.
Que aun cuando los diagnósticos parezcan devastadores, siempre hay esperanza.
Que se aferren a la vida.
Que crean.
Que sigan adelante.
Porque la vida merece ser celebrada cada día.
Florencia Antuña
Córdoba, Argentina 🤍