08/03/2026
Matías llegó a mi vida profesional en el año 2020, en plena pandemia, cuando todo estaba atravesado por pantallas, incertidumbre y nuevas formas de encontrarnos. Nuestro primer contacto no fue en un consultorio, fue en sesiones en línea, intentando construir un espacio terapéutico a distancia en un momento en el que todos estábamos aprendiendo a hacer las cosas de otra manera. En ese momento su diagnóstico aún no estaba claro; estábamos en medio de preguntas, de observaciones, de entender su forma de comunicarse y de acompañar a su familia en ese proceso de ir armando el rompecabezas de su desarrollo.
Tiempo después llegó la confirmación del diagnóstico dentro del espectro autista, pero para entonces nosotros ya llevábamos un camino iniciado.
Durante ese primer tiempo todo ocurrió a través de la pantalla. Aprendimos a jugar, a trabajar y a sostener el proceso en línea. Un año después pude conocer a Matías en persona por primera vez, y ese momento fue profundamente significativo, porque después de tantas sesiones compartidas a distancia finalmente pudimos encontrarnos en el mismo espacio. A lo largo de todo este recorrido la mayor parte del proceso continuó siendo en línea, con algunos encuentros presenciales que fueron sumando nuevas experiencias dentro de la terapia.
Hubo momentos de trabajo muy constante y también una pausa en el proceso, como ocurre en muchos caminos terapéuticos. Lo que sí recuerdo con claridad es que cuando retomamos, regresamos con más herramientas, con más experiencia y con la misma convicción de seguir acompañando el desarrollo de Matías. Y así, paso a paso, el proceso siguió avanzando.
Mirar hacia atrás hoy emociona profundamente. Porque aquel niño que conocí a través de una pantalla, con muchas preguntas alrededor de su comunicación y su desarrollo, hoy es un niño de siete años, a punto de cumplir ocho, con lenguaje oral, con mayor intención comunicativa y con muchas más herramientas para relacionarse con el mundo que lo rodea.
Hay algo que fue fundamental durante todo este recorrido y que merece ser dicho con claridad: nada de esto habría sido posible sin la presencia constante de sus papás. Blanquita y Ricardo estuvieron siempre. Construyendo pictogramas cuando los necesitábamos, armando agendas visuales, organizando rutinas visuales que ayudaran a Matías a anticipar su día, creando comunicadores de baja tecnología cuando buscábamos nuevas formas de apoyar su comunicación.
Cada estrategia que aparecía en terapia encontraba continuidad en casa, y eso es lo que verdaderamente transforma los procesos. Lo que hicimos siempre fue trabajar juntos.
También quiero reconocer a la familia que estuvo detrás de ellos, acompañando este camino con presencia, paciencia y apoyo constante. Porque los procesos de los niños nunca son de una sola persona; son de una red que sostiene, que aprende y que camina junta.
Con el paso del tiempo, este proceso dejó de ser solamente una relación entre terapeuta y familia. Se convirtió en un acompañamiento mucho más humano, en un espacio de aprendizaje compartido donde también nació una relación cercana, una relación de confianza y de afecto. A lo largo de estos años yo también aprendí mucho de ustedes, de su manera de sostener a Matías, de su paciencia, de su compromiso y de su capacidad de seguir construyendo incluso en los momentos más difíciles.
Al mirar algunos momentos de este recorrido se alcanzan a ver instantes de juego, de mirada compartida, de intentos, de logros y de pequeños avances que en su momento parecían simples momentos de terapia, pero que con el tiempo se convierten en los pasos que sostienen todo el crecimiento de un niño.
Hoy cerramos este proceso terapéutico. Y aunque despedir a un niño de terapia siempre tiene algo de emoción, también tiene algo profundamente bonito: significa que ha crecido, que ha construido herramientas y que ahora puede seguir su camino con mayor autonomía.
Hoy Matías nos ha donado sus pictogramas, su comunicador y muchos de los materiales que acompañaron su proceso. Son herramientas que para él y para su familia representan todo un camino recorrido. Los recibo con un profundo agradecimiento y con la certeza de que seguirán teniendo vida en este espacio, ayudando a otros niños a potenciar su comunicación más allá de las palabras.
Para mí este gesto tiene un significado muy especial. Al recibirlos se removió en mi interior todo el camino que también he recorrido como profesional: los aprendizajes, las búsquedas, las preguntas y las convicciones que se fueron construyendo a lo largo de estos años. Porque al final, cada niño que pasa por nuestras manos también nos transforma.
Hoy Matías deja las terapias, pero no deja el lugar que ocupa en mi historia. Y mientras guardo sus pictogramas y su comunicador, siento que también guardo una parte de este camino que hicimos juntos… uno de esos caminos que, cuando termina, deja en el pecho un n**o silencioso y profundamente agradecido.
Ivettita Infinito