05/05/2026
Nos quedamos mirando esta frase de Murakami que dice:
El equilibrio en sí mismo es el bien.
Y nos preguntamos, sin más, ¿qué significa esto? Porque afuera, en el día a día, me han enseñado que el bien y el mal son dos orillas fijas, como si no pudiéramos movernos de donde nos pusieron al nacer.
Como si la moral fuera algo que se hereda y se guarda en un cajón, sin tocarla, sin cuestionarla.
Pero al ver lo que sucede con nuestras propias vidas y con las historias que se comparten, nos surge una duda:
¿y si esa línea que divide lo que está "bien" de lo que está "mal" fuera mucho más movediza de lo que nos contaron?
¿Qué pasa cuando, al reflexionar sobre lo que hacemos, nos damos cuenta de que la bondad y la maldad se intercambian el lugar dependiendo de la herida que estamos tocando?
No tenemos respuestas. En realidad, estamos aquí más bien para empujar estas preguntas.
Nos interesa saber qué pasa cuando dejamos de buscar recetas sobre cómo comportarnos y empezamos, simplemente, a mirar ese equilibrio que intentamos sostener todos los días.
Quizás, al detenernos el tema se amplía.
Tal vez no se trata solo de clasificar en bueno o malo, sino de ser conscientes de lo que generamos en el otro, en el vínculo con el espacio que habitamos.
Al hacernos responsables del impacto de nuestros actos, la moral deja de ser un juicio impuesto y se convierte en una decisión viva.
¿Hasta dónde es nuestra la decisión de lo que llamamos "bueno" y hasta dónde es un eco de lo que aprendimos de otros?
Queremos provocar ese ruido, esa inquietud. ¿En qué momento de tu vida has sentido que esa frontera entre el bien y el mal se desdibuja al observar, simplemente, lo que tus actos generan?
¿Cómo se vive, ahí, en ese punto exacto donde las certezas se caen y solo queda el ejercicio de decidir qué estamos dejando a nuestro paso?
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