18/09/2026
LA MEDICINA DE RECIBIR LAS PIEDRAS
Casi siempre llama más la atención quien trabaja afuera.
Quien atiende el fuego.
Quien acerca las piedras.
Quien las lleva hasta la puerta del temazcal.
Pero recibirlas también es medicina.
La piedra no entra flotando.
No llega a tus manos.
Entra a ras de tierra, caliente, pesada, trabajada durante horas por el fuego.
Llega sobre el bieldo.
Y adentro alguien tiene que estar atento.
Preparado.
Presente.
Con las astas de venado en las manos para recibirla, levantarla, acomodarla y darle su lugar junto a las demás.
No puedes hacerlo de cualquier manera.
Porque recibir también exige cuidado.
Nos gusta pensar que servir es dar:
tiempo,
palabra,
fuerza,
trabajo,
medicina.
Pero también hay que aprender a recibir bien.
Sin apropiarte.
Sin sentir que porque algo llegó hasta ti ya te pertenece.
Sin querer controlar aquello que quizá solamente te toca sostener durante una parte del camino.
La piedra llega encendida.
Tú no hiciste todo su recorrido.
Alguien fue por ella.
Alguien la cuidó.
Alguien encendió el fuego.
Alguien la trabajó durante horas.
Alguien la llevó hasta la puerta.
Y cuando finalmente llega a ti, tu responsabilidad es recibirla con atención, colocarla y permitir que siga haciendo su trabajo.
Con la vida pasa algo parecido.
Personas.
Enseñanzas.
Palabras.
Oportunidades.
Momentos.
No todo lo que llega viene para que lo poseas.
A veces llega para que lo recibas bien.
Para que lo cuides.
Para que le des lugar.
Y después permitas que siga cumpliendo aquello para lo que llegó.
Recibir bien exige humildad.
Porque cuando algo llega a tus manos, puedes cerrarlas para quedártelo…
o puedes convertirlas en un lugar seguro para que pase.
Ahí está la medicina.
No todo servicio consiste en dar.
También hay una forma profundamente sagrada de servir aprendiendo a recibir.