05/06/2026
Asi es
La dualidad energética es una de las ideas humanas disfrazadas de verdad cósmica más difundidas en este universo.
Decimos “energía femenina” y “energía masculina” como si fuese una ley de la naturaleza. Hablamos de ello como si nombrásemos algo que existe allá afuera, per se… cuando en realidad es solo una forma humana de leer el mundo.
La energía, en sí, no viene etiquetada. Lo que sí trae género, historia, carga cultural y un montón de asociaciones es el lenguaje con el que intentamos entenderla. Nosotros no solo vivimos la realidad, también la narramos. Y al narrarla la acomodamos en símbolos, pares, imágenes, figuras que nos ayudan a volver pensable algo que en el fondo es muchísimo más raro, más amplio y más indomable de lo que nuestras palabras alcanzan a abarcar.
Desde hace muchísimo tiempo la humanidad ha usado ciertas imágenes para ordenar el caos. Lo que contiene, lo que recibe, lo que gesta, lo nocturno, lo húmedo, lo cíclico, lo intuitivo. Y por otro lado, lo que irrumpe, lo que separa, lo que dirige, lo que enfoca, lo que avanza, lo solar, lo penetrante. Y claro, con los siglos, a muchas de esas cualidades se les fue poniendo el sello de femenino o masculino. No porque el universo estuviese dividido, sino porque nosotros entendimos muchas fuerzas de la vida a partir del cuerpo, del s**o, de la reproducción, del cielo, de los ritmos naturales y de nuestra obsesión humana por encontrar patrones en todo.
Y esto no tiene nada de tonto. Es profundamente humano y hasta poético… pero es una metáfora simbólica que se endureció tanto que ya nadie la siente como metáfora. Entonces deja de ser lenguaje vivo y se vuelve dogma. Ahí aparece toda esta idea medio rara de que si una mujer pone límites entonces “está en su masculino”, o que si un hombre se abre emocionalmente entonces “conectó con su femenino”. Y pues qué pi**he hueva reducir la complejidad humana a un manual energético con etiquetas de género recicladas y apestosas al incienso de la pseudo-espiritualidad.
Me parece mucho más interesante entender que todo eso habla más de cómo pensamos que de cómo está hecho el cosmos. Habla de la necesidad tan humana de simbolizar. De la forma en que la lengua hereda imaginarios. De cómo una cultura repite ciertas asociaciones durante tanto tiempo que terminan sintiéndose naturales. Y ya cuando algo se siente natural, cuesta muchísimo ver que también fue construido.
Esto pasa incluso en cosas muy básicas del idioma. En español decimos la energía, y ese femenino gramatical ya le da una especie de color. Aunque sepamos racionalmente que una palabra tenga género no significa que la cosa nombrada lo tenga, el lenguaje sí va moldeando sensibilidad, percepción, intuición. No manda por completo, pero sí sugiere. Por eso tantas cosas espirituales modernas en realidad son mezclas de intuición simbólica, costumbre lingüística, herencia cultural, hambre de sentido y la neta, mucha ma**da.
Y ahí la mística se pone bien interesante. Porque la mística más profunda casi nunca quiso dejar el mundo partido en dos como si fueran bandos fijos. Más bien veía las polaridades como una danza, como ritmos de la existencia, como movimientos que se alternan, se mezclan, se fecundan entre sí… día y noche, expansión y contracción, silencio y palabra, forma y disolución. No como identidades rígidas, sino como modos del movimiento. Lo vivo nunca está quieto en una sola casilla. La vida palpita.
Cuando la gente habla de estas energías, en el fondo está tratando de nombrar estados internos, modos de relación, formas de estar en el mundo. A veces alguien necesita más receptividad, más escucha, más capacidad de sostener. A veces necesita dirección, filo, decisión, estructura. Y sí, ponerle nombres ayuda, porque el lenguaje también sirve para orientarnos. Pero en cuanto se nos olvida que son nombres tentativos y los convertimos en verdades absolutas, se fue al carajo… porque dejamos de usar el símbolo como herramienta y empezamos a servirle al símbolo como si fuera amo.
A veces creemos estar hablando de energía cuando en realidad estamos hablando de moral, de roles, de heridas, de deseo, de identidad, de historia familiar, de expectativas sociales. Y como la palabra energía suena amplia, sutil y misteriosa, ahí se mete de todo. Se vuelve una bolsa donde caben traumas, anhelos, estereotipos, intuiciones reales y un montón de confusión. Por eso conviene desmenuzarlo. No para matar la magia… sino para quitarle la mugre.
Porque una cosa es el pensamiento simbólico y otra el pensamiento de frase de taza. El pensamiento simbólico abre capas, conecta planos, permite leer la experiencia con profundidad. El de frase de taza nomás repite fórmulas bonitas sin preguntarse de dónde chingados vienen. Y muchas veces eso de lo masculino y lo femenino anda más cerca de lo segundo que de lo primero.
La energía no necesita género para moverse. Somos nosotros quienes la vestimos con imágenes masculinas o femeninas para poder relacionarnos con ella, para darle forma, para contarla, para soportar un poco mejor el vértigo que nos ocasiona lo innombrable. Y eso puede ser bellísimo, siempre que recordemos que estamos participando en una creación de sentido, no descubriendo una etiqueta secreta pegada en el alma del universo.
El cosmos no viene dividido en hombre y mujer. Nuestra mente sí tiende a dividir, ordenar, polarizar y simbolizar para entender. Y luego se nos olvida que fuimos nosotros quienes trazamos el mapa. Hay algo hasta tierno en eso. Partimos el misterio en dos para no ahogarnos en él. Le pusimos nombres, arquetipos, historias, dioses, principios, energías. Y luego algunos se tomaron esos nombres demasiado en serio. Pero debajo de todas esas capas, la vida sigue siendo más extraña, más híbrida y más libre que nuestras categorías.
No se trata de mandar alv cuando alguien hable de energía femenina o masculina. Lo más probable es que esté usando un lenguaje simbólico útil para nombrar una experiencia real. O tal vez está repitiendo una simplificación cultural con glitter místico encima. Hay de las dos. Y saber distinguirlo ya es parte del trabajo.
Lo más sabio no está en casarte con una mitad, sino en volverte más amplio que la etiqueta. Más móvil. Más capaz de habitar distintos registros sin sentir que traicionas algo. Porque una persona entera puede ser firme, suave, receptiva, incisiva, caótica, clara, nutritiva, salvaje y lúcida en distintos momentos. La vida real tiene mucho menos ganas de obedecer categorías que nosotros.
Y en el fondo, quizá de eso se trata todo este tema. No de descubrir si una fuerza tiene género, sino de notar cuánta humanidad hay metida en la forma en que intentamos nombrar el misterio.
El universo no necesita tus categorías para existir. Tú sí necesitas categorías para no perderte en él. La pregunta no es si la energía tiene género… la pregunta es cuánto de lo que llamas “espiritual” sigue siendo lenguaje que nunca te atreviste a cuestionar.