29/04/2026
🏀A propósito del 8 grandes de ABE, escribo esta reflexión porque es un aspecto en los que pocos prestamos atención: El entrenador.
La soledad de un entrenador antes y después de un juego es un tema emocional e invisible para quienes solo ven los resultados. Podemos dividirla en dos momentos clave: Antes del juego y después del juego.
Antes del juego: la responsabilidad
Horas antes del inicio de la competencia, cuando se termina la última práctica, cuando el vestidor está vacío, cuando es el momento del traslado al lugar de la cita con tu historia, esos momentos el entrenador vive una soledad silenciosa.
No es la ausencia de personas, sino la presencia abrumadora en la toma de decisiones:
¿Entrenamos lo necesario?
¿Hice bien la alineación?
¿Transmití confianza?
¿Cuál es el plan y que ajustes tengo que realizar?
¿Qué pasará si perdemos? ¿Y si ganamos?
¿Di instrucciones claras?
Es una soledad llena de peso emocional. Aunque está rodeado de jugadores, cuerpo técnico, familia, medios y aficionados, nadie más carga que él. El entrenador no solo prepara una estrategia; prepara corazones, sueños y voluntades. Se juega su credibilidad, su trabajo. En ese momento previo, los nervios no se comparten, la ansiedad no se delega, el miedo se apodera. Es un momento íntimo donde el entrenador se enfrenta consigo mismo.
Después del juego: el resultado
Cuando el juego llega al final, la duela se vacía, los jugadores se abrazan, lloran, ríen o se lamentan y el público aplaude o reprocha …….……..El entrenador, de nuevo, queda solo.
Si ganan, recibe elogios pero que muchas veces no reflejan todo lo que sufrió en la preparación, recibe elogios para terceros: “que buen equipo”, “tu jugador X es muy bueno”, o notas como: “cualquiera podía ganar”, “se gano con muchos errores” “hay que mejorar”.
Si pierden, se convierte en blanco fácil: de la familia, de los aficionados y a veces de su propio equipo.
La soledad después del juego es distinta: es más pesada cuando no se logró el resultado esperado. Se vuelve introspectiva, cargada de autocrítica y de silencios que solo él entiende.
Y aún ganando siempre estarán los mensajes que no dijo, los cambios que no hizo, las decisiones que dudó… se repiten en la mente una y otra vez.
La soledad de un entrenador es el precio silencioso del lider. Se mide en días de trabajo, en noches sin dormir, en miradas perdidas y en abrazos que no siempre llegan.
Pero también, en esa soledad, hay una fuerza única: la de quienes, a pesar de todo, siguen creyendo que en el deporte educar, guiar y formar vale más que un marcador.