22/08/2026
Ayer llevaba una ceremonia preparada.
Una intención.
Un camino.
Palabras que había pensado compartir alrededor del fuego.
Pero comenzaron a llegar las personas.
Cada una con su propia historia.
Algunas venían cerrando ciclos.
Otras comenzando caminos.
Unas necesitaban soltar.
Otras celebrar.
Y mientras las escuchaba entendí que la ceremonia que había preparado tendría que esperar.
Porque frente a mí estaba sucediendo otra.
Ometeotl.
La dualidad.
No como una palabra antigua.
No como algo que hubiera que explicar.
Estaba ahí.
Sentada entre nosotros.
Mientras alguien celebraba un comienzo, alguien más necesitaba despedirse.
Mientras uno encontraba fuerza, otro necesitaba permitirse ser vulnerable.
Mientras alguien quería permanecer, alguien necesitaba salir.
Vida y muerte.
Luz y sombra.
Principio y final.
Habitando el mismo círculo.
En algún momento una persona necesitó salir.
Podíamos simplemente abrir la puerta.
Pero antes les pedí a todos que hiciéramos algo.
Que gritáramos juntos:
¡AUXILIO!
¡AYÚDENME!
¡SÁQUENME DE AQUÍ!
Y todas las voces se hicieron una.
El temazcal retumbó.
Por un instante ya no importaba quién había pedido salir.
Porque todos hemos necesitado decir esas palabras alguna vez.
Quizá no dentro de un temazcal.
Quizá frente a una pérdida.
Una relación.
Un miedo.
Una decisión.
Un momento de nuestra vida que sentimos que ya no podemos sostener.
Y entonces ocurrió algo hermoso:
Nadie estaba ayudando a nadie.
Nos estábamos acompañando.
Eso también es medicina.
Comprender que cada persona tiene su propio proceso.
Que quedarse no siempre significa fortaleza.
Que salir no significa rendirse.
Que soltar no significa dejar de amar.
Que cerrar un ciclo no significa olvidar.
Y que comenzar uno nuevo tampoco significa que todo lo anterior haya desaparecido.
Los abuelos observaron la dualidad mucho antes que nosotros.
Ometeotl.
Dos fuerzas aparentemente contrarias habitando una misma existencia.
Ayer no tuvimos que buscarla.
Estaba frente a nosotros.
En el fuego y el agua.
En la oscuridad y la luz que esperaba afuera.
En quien comenzaba.
En quien terminaba.
En quien permaneció.
Y en quien necesitó salir.
Al final abrimos la puerta.
Cada uno salió con algo distinto.
Uno incluso me dijo que todavía sentía que flotaba.
Yo salí cansado, agradecido y sonriendo.
Porque una vez más el temazcal me recordó algo:
Podemos entrar por la misma puerta,
sentarnos alrededor del mismo fuego
y aun así estar caminando caminos completamente distintos.
Tal vez la ceremonia no consiste en que todos lleguemos al mismo lugar.
Tal vez consiste en aprender a acompañarnos mientras cada uno encuentra el suyo.
🔥 TUTUNAKÚ