18/05/2026
Aunque la única constante en la vida es el cambio —los caminos, los lugares, las versiones de mí— hay algo que ha permanecido vivo y en verdad: mi danza.
La danza ha sido mi refugio y mi puente. En ella me abstraigo del ruido, pero también me encuentro con lo más esencial... Es el lenguaje con el que honro mi cuerpo, reconozco mi linaje y agradezco la historia que habita en mis huesos. A través del movimiento rezo; sostengo a mi familia en cada intención, en cada giro, en cada respiración que se vuelve ritmo.
Hay algo profundamente sagrado en entrar en ese estado donde dejo de pensar y comienzo a sentir. Un trance que no evade, sino que revela. Una meditación viva donde lo invisible se acomoda, donde incluso aquello que no comprendo empieza, de alguna forma, a sanar.
Danzar también ha sido mi forma de acercarme con respeto a otras culturas, no desde la apropiación; sino desde la escucha, la sinergia y la convergencia... Desde el asombro humilde de quien sabe que cada movimiento tiene raíz, memoria y espíritu.
Porque al final, cuando todo cambia, yo sigo volviendo ahí: al instante en que mi cuerpo se mueve… y algo más grande que yo también danza conmigo.