06/01/2026
Todo comenzó de manera correcta.
A través de una agencia de rehabilitación, se consiguió un fisioterapeuta para atender a una paciente en una ciudad del norte del país. Se habló, se acordaron horarios, fechas y responsabilidades. Nada fuera de lo normal.
Sabemos que por aquellas tierras la fiesta es parte de la cultura. El alcohol corre fácil, las celebraciones se alargan y el famoso Guadalupe-Reyes no es un mito. Y no, no todos son irresponsables. Hay grandes profesionales en el norte.
Pero esta historia no trata de ellos.
El acuerdo era simple: comenzar al día siguiente, viernes.
Ese viernes llegó… y el licenciado no.
“Se presentó algo”, fue el mensaje. No hubo mayor explicación. Aun así, se mostró muy interesado, incluso apurado por empezar a trabajar. Sonaba formal. Convincente.
Lo que nadie esperaba era lo siguiente.
Sin avisar a nadie, decidió irse de fin de semana.
A la paciente le dijo, con total ligereza, que lo esperara hasta el lunes.
Era alrededor del 21 de diciembre.
Llegó el lunes.
La paciente esperó.
La camilla estaba lista.
El dolor seguía ahí.
Pero el licenciado no llegó.
Se intentó contactarlo. Primero con preocupación genuina: ¿le pasó algo? Después con la necesidad lógica de entender por qué no estaba asistiendo. Llamadas. Mensajes. Seguimiento.
Nada.
Silencio total.
Pasaron los días.
Navidad.
Fin de año.
Año nuevo.
Y entonces, hoy Día de Reyes, después de desaparecer sin dar señales de vida, el mensaje finalmente apareció:
“Ya estoy listo para incorporarme a trabajar.”
Vaya que el licenciado sí se aventó completo el Guadalupe-Reyes.
Pero el dolor no se fue de vacaciones.
La enfermedad no pidió permiso.
Las necesidades de la paciente no se congelaron por las fiestas.
Eso es algo que solo quienes trabajamos en salud entendemos: cuando se asume un compromiso, no importa la fecha, se cumple.
Quizá al terminarse la fiesta, el aguinaldo y el dinero, decidió reaparecer.
Pero la historia ya había cambiado.
Porque para ese lunes que él nunca honró, ya había otro licenciado.
Alguien que sí llegó.
Que sí cumplió.
Que hizo, en silencio y con profesionalismo, lo que otro jamás hizo.
Reflexión final
En esta profesión no basta con saber técnicas.
Hace falta carácter.
Hace falta ética.
Hace falta entender que la confianza del paciente no se negocia ni se posterga.
Porque en fisioterapia —y en la salud en general—
quien no cumple, falla dos veces: como profesional y como persona.