18/05/2026
Dichoso aquel que ha tocado el fondo de su propio in****no, que ha admitido de corazón su evidente condición, porque en esa admisión se revela una gran paradoja: reconocer nuestra derrota ante la adicción no es rendirse, es en realidad la primera y más grande prueba superada. Porque esa derrota que confesamos, esa impotencia que aceptamos, lejos de ser el final, marca el verdadero comienzo de nuestra victoria, el punto exacto donde inicia una nueva vida y se nos regala una oportunidad única de volver a ser quienes estábamos destinados a ser.
Todo este camino que recorrimos, con sus errores, sus tropiezos y su dolor, fue parte del uso de ese don sagrado que es el libre albedrío. Dios, en su inmenso amor de Padre, nos dio la libertad de hacer con nuestra vida lo que nosotros quisiéramos, de elegir nuestros pasos, incluso cuando esos pasos nos alejaban de Él. Él permitió que nuestras propias decisiones nos llevaran lejos, que cometiéramos equivocaciones, que nos perdiéramos y que, como consecuencia inevitable, llegáramos hasta lo más profundo del abismo de la adicción. No fue un castigo, sino el resultado natural de caminar sin Él, pero también fue el lugar justo y necesario donde nuestros ojos por fin se abrieron y entendimos que solos no podíamos más.
Pero ahí, justo en ese fondo donde ya no queda nada más que perder, es donde se manifiesta su amor incondicional. Porque Él, nuestro Padre amoroso, nunca se alejó, ni se hizo sordo a nuestro sufrimiento. Mientras nosotros estábamos hundidos, atados y perdidos en la oscuridad de nuestra adicción, Él esperaba con los brazos abiertos. Y en el momento preciso en que nuestro clamor brotó del alma, ese grito de auxilio que llevábamos tanto tiempo callando, Él lo escuchó al instante. Escuchó nuestro dolor, nuestra culpa, nuestro deseo de salir y nuestra incapacidad para lograrlo por nosotros mismos.
Y respondió con toda su gracia: nos otorgó su perdón que borra todo pasado, su bendición que llena el vacío que sentíamos, y su protección que nos guarda de todo mal. Nos llenó de una fuerza que no viene de nosotros, de unas ganas de vivir que no teníamos, de una esperanza que no conocíamos. Nos sacó del lodo, nos puso de pie y nos devolvió la dignidad que habíamos perdido. Y hoy, gracias a ese amor infinito, podemos estar aquí, resurgiendo de nuestras cenizas, sabiendo que ya nada ni nadie nos podrá derribar definitivamente.
Porque hemos aprendido que, de ahí en adelante, sin importar lo que tengamos que enfrentar, por difícil que sea el camino o grandes las pruebas, nuestro vuelo siempre será ascendente. Ya no caminamos solos. Él camina a nuestro lado, nos sostiene cuando flaqueamos, nos guía cuando no vemos claro y nos recuerda siempre que podemos contar con Él en todo momento. Reconocer nuestra derrota fue la llave que abrió la puerta de su misericordia, y esa derrota se transformó en la victoria más hermosa: la de recuperar nuestra vida, nuestra paz y nuestro lugar junto a Él.