10/20/2026
Jesús no te llamó “el perdido”. Te llamó por tu nombre.
Zaqueo era pequeño. Tan pequeño que la multitud le tapaba la vista. Era rico, sí, pero despreciado. Jefe de cobradores de impuestos. Para la gente, un traidor. Para muchos, un caso cerrado.
Pero Zaqueo hizo algo hermoso en su desesperación: corrió y se subió a un árbol. No le importó el ridículo. Quería ver a Jesús, aunque fuera de lejos.
Y entonces sucedió el milagro que todavía me conmueve.
Jesús no pasó de largo. Jesús se detuvo. Levantó la mirada. Y no dijo: “¡Eh, pecador!”. Dijo su nombre:
“Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa”. — Lucas 19:5
Amigo, amiga: así es Jesús. Él no te conoce por tu error más feo. Te conoce por tu nombre. No vino a humillarte delante de la multitud. Vino a entrar en tu casa, sentarse a tu mesa y cambiar tu historia desde adentro.
La multitud murmuró. Siempre murmura. Pero Jesús declaró:
“Hoy ha venido la salvación a esta casa”. — Lucas 19:9
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. — Lucas 19:10
Quizás hoy tú también sientes que estás arriba de un árbol: mirando de lejos, con vergüenza, pensando “yo ya no tengo arreglo”. Escúchame con el corazón: no eres demasiado pequeño. No estás demasiado lejos. No llegaste demasiado tarde.
Baja del árbol. Jesús quiere entrar hoy en tu casa.
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