05/14/2026
Fui yo quien se alejó. Y eso es algo que me costó mucho tiempo admitir porque es más fácil recordarte como la persona que fue abandonada que como la persona que abandonó.
Cuando entré a la universidad todo cambió muy rápido. Nueva ciudad, nueva gente, nuevas posibilidades. Conocí personas que me parecieron las más interesantes que había visto en mi vida. Con proyectos, con ideas, con conversaciones que duraban hasta las cuatro de la mañana sobre cosas que antes nunca había tenido con quién hablar. Y me enamoré de eso. De esa versión de mí que emergía cuando estaba con ellos. Me sentía más inteligente, más interesante, más viva.
Y sin darme cuenta fui soltando todo lo anterior. No de golpe, no con una decisión consciente. Fue gradual. Primero dejé de contestar rápido. Luego empecé a cancelar planes cuando surgía algo con los nuevos. Luego los cumpleaños que antes no me perdía por nada empezaron a pasar con un mensaje genérico mandado tarde. Y las llamadas que antes duraban horas se fueron convirtiendo en conversaciones cortas, incómodas, donde ninguna de las dos sabía muy bien qué decir porque nuestras vidas ya no tenían mucho en común.
Lo justifiqué de mil formas. Que estaba ocupada, que era una etapa de cambios, que las amistades evolucionan y no todas sobreviven y eso es normal. Me conté esa historia tantas veces que casi me la creí.
Tres años después ese grupo universitario se dispersó como se dispersan casi todos. Cada quien tomó su camino, sus ciudades, sus trabajos, sus parejas. Y cuando quise voltear a buscar lo que había dejado atrás me encontré con que el tiempo no había estado esperándome. Las personas siguieron sus vidas, llenaron los espacios que yo dejé vacíos con otras personas, construyeron rutinas donde yo ya no cabía.
Intenté retomar con mi amiga más cercana de antes. Le mandé un mensaje un domingo por la tarde, de esos mensajes largos donde intentas resumir todo lo que no dijiste en años. Me respondió ese mismo día. Amable, cordial, preguntando cómo estaba, contándome brevemente qué había sido de su vida. Una conversación perfectamente educada entre dos personas que alguna vez se contaron todo y ahora se hablaban como conocidas.
Esa cordialidad me rompió algo por dentro que ningún reclamo hubiera podido romper. Porque el reclamo significa que todavía importas, que todavía duele, que todavía hay algo. La cordialidad significa que ya procesaron tu ausencia, que ya te ubicaron en otro lugar en su vida y que ese lugar es uno donde ya no hay expectativas ni dolor ni nada pendiente.
Me quedé con ese mensaje en la pantalla sin saber qué responder. Y en ese momento entendí realmente lo que había hecho. No lo que le había hecho a ella sino lo que me había hecho a mí misma. Porque las personas que te conocen de verdad, las que saben de dónde vienes, las que estuvieron en los momentos que nadie más vio, esas no se reemplazan. Se pueden hacer amigos nuevos, se pueden construir vínculos nuevos, pero esa historia compartida no existe con nadie más.
Aprendí de la manera más silenciosa y más incómoda que las personas no esperan para siempre. Que el descuido también es una forma de hacer daño aunque no sea la intención. Y que a veces la persona que más te cuesta perdonar no es la que se fue sino la que eras tú cuando dejaste ir lo que no debías. Si tienes personas así en tu vida, escríbeles hoy. No mañana. Hoy. 🌸