26/03/2025
Esta semana, hablando de creatividad en clase, he vuelto a tener muy presente la afición que tengo por el arte, en todas sus versiones, y cómo permea casi todo lo que hago, incluido este proyecto (quienes estáis o habéis estado en él, lo sabéis).
Ayer, camino a la exposición (súper recomendable) “Arte español del siglo XX. De Picasso a Barceló” de la Fundación Masaveu, reflexionaba en voz alta acerca de esto, sobre la niña “peculiar” que fui y a la que hoy agradezco muchas de sus rarezas. La que se enamoró de la poesía en aquellas tardes de verano en las que recitaba versos con su madrina, la que alucinaba con las pinturas de Canaletto y Botticelli y leía a Flaubert y a las hermanas Brontë, la que ponía un vinilo tras otro a todo volumen en el salón de casa.
Esa niña, que alimentó su curiosidad por todo aquello que le encendía el corazón, llegó ayer al museo con la capacidad de maravillarse intacta. Con la mirada despierta, se dejó cautivar por las formas y colores que encarnaban vida en salas antaño desnudas, vacías, sin alma. Hasta que se topó con la maravillosa obra de Jaume Plensa, “Silencio”; entonces necesitó parar, sentarse y digerir, mientras miraba fijamente la cara de otra niña, una de doce metros de altura que cerraba los ojos y se tapaba la boca para ir hacia adentro, hacia el sigilo y la calma.
Y se le volvió a incendiar el alma.