27/02/2026
Cada vez hay más id**tas
La palabra 'id**ta' tiene una historia más noble de lo que parece. En la antigua Grecia, idiótes era el ciudadano que vivía encerrado en su mundo privado, sin participar en los asuntos de la polis, sin interés por lo común ni por lo que trascendía su pequeño horizonte. No era necesariamente estúpido, era simplemente alguien que había renunciado a pensar más allá de sí mismo.
Hoy, el id**ta moderno no es quien no sabe sumar. Es quien sabe manejar su teléfono con destreza pero no puede sostener una conversación con profundidad. Es quien tiene opinión sobre todo pero no ha leído un libro completo en años. Es quien confunde información con conocimiento, y agitación con vida.
El id**ta contemporáneo no es ignorante por falta de acceso, es ignorante por elección, por comodidad, por miedo a la complejidad. Y lo más inquietante, CADA VEZ HAY MÁS.
Vivimos en la era del scroll infinito. Las redes sociales, diseñadas por equipos de ingenieros que estudiaron psicología conductual, están optimizadas para una sola cosa, mantener nuestra atención el mayor tiempo posible. No para informarnos. No para hacernos mejores. Solo para que sigamos mirando. El resultado es una generación, y en rigor, varias generaciones, con una capacidad de concentración que se mide en segundos.
Leer un texto largo se volvió un esfuerzo titánico. Escuchar sin interrumpir, una rareza. Sentarse a pensar en silencio, algo que provoca ansiedad.
Nos acostumbramos a recibir todo masticado, resumido, con música de fondo y subtítulos, porque el cerebro ya no tolera el esfuerzo de procesar lo que no viene empaquetado para el consumo inmediato.
Y no es casualidad, es diseño.
Nunca en la historia se habló tanto del éxito y se pensó tan poco en qué significa. La cultura actual ha convertido al éxito en una religión con sus propios rituales, el despertarse a las cinco de la mañana, la productividad obsesiva, las rutinas de alto rendimiento, los "mindsets" ganadores. El problema no es la ambición, que es humana y legítima. El problema es que nadie pregunta: ¿éxito para qué? ¿En nombre de qué? ¿Al servicio de quién?
Un hombre que trabaja dieciséis horas por día, que no cena con su familia, que no tiene amigos cercanos, que no sabe qué está leyendo su hijo ni qué le preocupa a su esposa, pero que tiene un auto caro y miles de seguidores en Instagram, es considerado exitoso.
Y nadie se pregunta qué perdió en el camino. Nadie señala el vacío. El brillo del resultado oculta la pobreza del proceso. El éxito sin propósito no es logro, es huida disfrazada de ambición.
El dinero es una herramienta extraordinaria. Permite alimentar a una familia, construir una casa, educar a los hijos, generar oportunidades.
El problema empieza cuando el dinero deja de ser un medio y se convierte en el único propósito. Cuando el "para qué" desaparece y queda solo el "cuánto". La sociedad actual glorifica al que acumula sin hacer preguntas. ¿Cómo lo ganaste? ¿A quiénes afectaste en el camino? ¿Qué sacrificaste que nunca vas a recuperar? Preguntas que molestan, que se consideran envidiosas o anticuadas.
La persona que trabaja treinta años en algo que ama, que vive con lo suficiente y tiene tiempo para sus afectos, es vista con cierta lástima.
El que cambia de negocio cada dos años buscando el próximo gran golpe, aunque deje un tendal de relaciones rotas, es admirado.
Algo está profundamente invertido en nuestra escala de valores.
La familia, en cualquiera de sus formas posibles, es el primer lugar donde una persona aprende a convivir con la diferencia, a ceder, a comprometerse, a amar algo más allá de uno mismo. Es, en su mejor versión, una escuela de humanidad. Pero la cultura actual la trata como un obstáculo.
Tener hijos se presenta como una decisión que arruina la libertad, el cuerpo, las finanzas y la carrera. Cuidar a los padres ancianos es una carga de la que hay que escapar lo antes posible. El compromiso de largo plazo, en el amor, en la amistad, en el trabajo, es visto como una trampa para los que no tienen suficiente confianza en sí mismos para "seguir creciendo". La palabra "crecer" quedó reservada únicamente para el plano individual. El resultado es una generación de adultos que no saben estar solos con sus pensamientos, pero tampoco saben estar genuinamente con otros. Conectados a todo, relacionados con nada.
Otra característica del id**ta contemporáneo, opina con vehemencia sobre todo y se ha formado en nada. Las redes sociales democratizaron la voz, lo cual tiene un lado luminoso, pero también crearon la ilusión de que tener acceso a información equivale a tener criterio para interpretarla.
Hoy cualquiera puede ver un video de ocho minutos sobre economía y sentir que entiende por qué falló la política monetaria de un país. Cualquiera puede leer tres titulares sobre medicina y concluir que los médicos están equivocados.
La humildad intelectual, el reconocer lo que no sé, se ha vuelto una virtud en extinción. En su lugar prolifera una seguridad ruidosa y vacía que confunde el volumen de la afirmación con la solidez del argumento.
SABER QUE NO SE SABE ES EL COMIENZO DE LA INTELIGENCIA.
Estar convencido de saberlo todo es el comienzo de la idiotez.
Todo lo que vale la pena en la vida requiere tiempo. Una relación profunda, un oficio bien aprendido, una obra que trascienda, una fe que sostenga, un carácter que resista. Nada de eso se construye en semanas ni se descarga en una aplicación. Sin embargo, vivimos en la economía del instante. Comida en veinte minutos. Respuesta en segundos. Resultados en tres semanas o te devolvemos el dinero.
La paciencia, que los griegos llamaban una virtud cardinal, es hoy sinónimo de mediocridad. "Hacelo rápido", "escala ya", "si en seis meses no funcionó, pivotá", así habla nuestra época. El problema es que la rapidez sin profundidad no produce nada que dure. Y una vida llena de cosas que no duran es, en el fondo, una vida vacía. (Por esta razón este artículo es extenso, porque no es para id**tas...)
No hay salida colectiva automática. Las fuerzas económicas y tecnológicas que generan este estado de cosas son enormes, y no van a detenerse por voluntad individual. Pero eso no significa que el individuo esté indefenso. La resistencia empieza con gestos concretos y aparentemente pequeños, leer un libro de principio a fin, comer con la familia sin el teléfono sobre la mesa, aprender algo difícil aunque tarde años, mantener una amistad que exige esfuerzo, tomar una postura y defenderla con argumentos en lugar de con gritos, tolerar el aburrimiento el tiempo suficiente como para que aparezca algo propio.
El id**ta no nace, se construye en la rendición cotidiana a lo fácil. Y la persona íntegra tampoco nace, se construye en la resistencia cotidiana a esa misma rendición.
Si, sé que el título de este artículo es provocador, pero no cruel. No apunta a señalar a otros con el dedo, apunta a un espejo. Todos, en alguna medida, hemos cedido terreno a la superficialidad. Todos hemos preferido el scroll al libro, la queja al argumento, la conexión virtual al abrazo real. La pregunta no es si vivimos en una época que fabrica id**tas. Eso ya está bastante claro. La pregunta es qué vamos a hacer cada uno de nosotros para no ser parte de la estadística.
Julio César Cháves