06/06/2026
Hay experiencias que dejan marcas profundas. Situaciones en las que fuimos heridos, decepcionados o dañados por otras personas.
Frente a esos hechos, solemos quedar atrapados entre dos movimientos: negar lo ocurrido o permanecer luchando contra ello una y otra vez.
Sin embargo, aceptar no significa justificar. Tampoco significa aprobar, olvidar o acercarnos a quienes nos hicieron daño.
Aceptar es reconocer la realidad tal como fue.
Reconocer que el daño existió. Que nos afectó. Y que hay personas que, por distintos motivos, pueden actuar de maneras que lastiman a otros.
Esta mirada no busca quitarle importancia al dolor ni negar las emociones que despierta. El enojo, la tristeza, la impotencia o la decepción tienen su lugar.
Pero cuando dejamos de pelear con aquello que ya ocurrió, puede abrirse un espacio diferente: el de recuperar nuestra energía para seguir viviendo, en lugar de quedar atrapados para siempre en la herida.
Aceptar la realidad no cambia el pasado. Pero puede transformar la relación que tenemos con él.