03/10/2026
El tema del control en las adicciones es un espejismo que atrapa tanto al adicto como a su familia. El adicto quiere controlar la sustancia, “ponerle límites”, creer que puede detenerse cuando quiera, que una copa o un toque no lo van a arrastrar de nuevo al abismo. Pero ese control es falso, es parte de la ilusión que alimenta la adicción, un mecanismo que encubre la impotencia real ante la sustancia.
Por otro lado, el codependiente —muchas veces la madre, la pareja, el hermano— también se aferra al control, pero en otro sentido: quiere controlar al adicto. Vigila, persigue, revisa, amenaza, protege, rescata… todo con la esperanza de salvarlo. Sin embargo, en ese intento termina perdiéndose a sí mismo, cargando culpas que no le corresponden, agotando sus fuerzas en una lucha que no puede ganar.
El control, tanto en uno como en otro, es una forma de negar el dolor y la impotencia. El adicto evita enfrentar su fragilidad ante la sustancia, y el codependiente evita confrontar que no puede salvar al otro. Ambos quedan atrapados en una danza de sufrimiento.
La salida no está en controlar, sino en reconocer los límites: el adicto debe asumir que no tiene control sobre el consumo y que necesita ayuda; el familiar debe reconocer que no tiene control sobre el adicto, pero sí sobre su propia vida, sus decisiones y su cuidado personal.
Porque en el fondo, aprender a soltar el control no es rendirse: es dar el primer paso hacia la libertad.