12/05/2026
A veces pienso que las trenzas nunca empezaron conmigo.
Pienso en mi abuela.
Ella trenzaba.
Ella hacía buñuelos.
Con sus emprendimientos caseros logró mandar a sus hijos a la universidad.
Tenía esa energía femenina que sostiene, que crea, que cuida incluso en medio del cansancio.
En su casa siempre había un plato de comida, un lugar donde volver, una presencia. Pero ella veía más allá de lo cotidiano. Veía posibilidades.
Resistió cuando su esposo le falló.
Resistió cuando el sistema le falló.
Resistió dentro de una cultura que muchas veces reduce a la mujer a vivir como sombra de un hombre.
Y aun así, a su manera, se convirtió en matriarca dentro del patriarcado.
No desde el poder impuesto.
No desde el ruido.
Sino desde algo que amaba: la creatividad.
Desde sus manos.
Desde el trabajo artesanal.
Desde alimentar.
Desde crear.
Su espacio de trabajo creció tanto que, cuando falleció, otra mujer de la familia siguió haciendo buñuelos en el mismo lugar. Como si las manos heredaran memoria.
Y yo sigo soñando con ella.
Hoy, viendo esta escena llena de mujeres creando, aprendiendo y trenzando, entendí algo:
quizás cada trenza también sea una forma de memoria.
Una forma de decir “seguimos acá”.
Cuando todo parece imposible, me quedo en silencio y la recuerdo.
Y entonces vuelvo a confiar en el proceso.
Porque ella me enseñó, incluso sin palabras, que sí se puede.
Aunque el mundo alrededor te diga que no.