04/05/2026
El rechazo que produce la sobreentrega es casi inevitable, el hijo siente asfixia porque su psique no tiene oxígeno propio. Cada logro, cada deseo, cada fracaso ya está “contaminado” por la sobreentrega parental.
Se genera una agresión reprimida hacia el progenitor (odio por haber sido invadido), que no puede expresarse directamente porque “cómo voy a odiar a quien tanto me dio”.
Esta agresión se convierte en:
- Rechazo pasivo,
- Acting out (autodestrucción por culpa)
- Huida relacional.
El hijo, para existir como sujeto, necesita rechazar la entrega. Es un movimiento de individuación forzada. Muchas veces lo hace de forma torpe: saboteando sus propios éxitos, enfermando, fracasando o alejándose drásticamente.
El hijo “incapaz de lograr sus propios éxitos” no desarrolla un sentido interno de agencia ni una capacidad de tolerar la frustración (factor clave en el desarrollo del yo). Todo éxito que logra sigue perteneciendo (en su fantasía inconsciente) al progenitor: “lo logré porque él/ella me dio todo”. Por lo tanto, el éxito no genera verdadera satisfacción ni refuerza el self, sino culpa o vacío.
El fracaso, por otro lado, se vuelve una forma de venganza inconsciente o de mantener el vínculo (“si fracaso, sigo necesitando que me salves y me sigas amando”).
Se instala una dependencia paradójica: el hijo necesita al progenitor para funcionar, pero lo odia por necesitarlo. Esto genera una enorme dificultad para el duelo de la omnipotencia parental y para habitar el propio deseo.
Lic.María Belén García
UBA-APA