10/09/2026
“En Argentina, los registros oficiales indican que los suicidios se han consolidado como la principal forma de muerte violenta, muy por encima de las víctimas de incidentes viales. La Organización Panamericana de la Salud ha alertado además que la tasa entre los jóvenes de la región aumentó un 38% en poco más de dos décadas.
La desconexión con uno mismo, el agotamiento crónico y la epidemia de soledad han dejado de ser meros malestares psicológicos para convertirse en la antesala de quizás la mayor emergencia epidemiológica de nuestro tiempo: el suicidio.
La palabra suicidio proviene del latín suicidium, que implicaba un acto radical de la voluntad, ya que provine de caedere, cortar de raíz. Sin embargo, el fenómeno actual responde mucho más a la abulia ligada a otro verbo, cadere, que significa simplemente dejarse caer.
Esta anestesia existencial genera una caída libre pasiva frente a una vida despojada de trascendencia, un cuadro clínico que la sociología clásica describió como anomia ante la desintegración de los propósitos comunes y los vínculos reales. Esa confusión etimológica, cortar/caer, muestra el cambio de paradigma actual, donde tenemos suicidios por desgaste, por caída.
El acto de quitarse la vida nunca opera en un vacío absoluto, sino que responde a un ecosistema de resonancias sociales.
La hiperconexión aísla la mente frente a las pantallas, convirtiendo la desesperación en un estímulo fugaz que se viraliza y empuja a los más vulnerables hacia la incomunicación absoluta.
La verdadera prevención no comienza en un recetario o diagnóstico psiquiátrico, sino en la reconstrucción de la arquitectura de nuestro comportamiento social, es decir mucho antes. Recuperar la capacidad de tolerar la fricción de las relaciones humanas, ofrecer una mirada que soporte el dolor del otro y transformar la incomunicación en un puente superador.”
Fuente: Infobae – Dr. Enrique De Rosa Alabaster. Médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista.