13/04/2026
En el silencio de Savasana, cuando el cuerpo ya no busca sostener ninguna forma, el ego empieza a perder fuerza. No porque desaparezca, sino porque deja de ser necesario por un momento.
Acostados sobre la tierra, sin hacer, sin lograr, sin demostrar, algo en nosotros se aquieta. El impulso de controlar, de compararse, de alcanzar, se vuelve más tenue… y en ese espacio aparece otra forma de estar.
El ego, que tantas veces guía nuestras acciones desde la exigencia o la necesidad de reconocimiento, puede descansar. Y cuando descansa, no se rompe nada. Al contrario, se revela algo más profundo.
Debajo de todas las capas, de las historias que nos contamos, de la imagen que sostenemos, hay una presencia más simple. Una presencia que no necesita validación, que no se apura, que no se define por lo que hace.
En ese estado, no somos el rol que ocupamos, ni las tareas pendientes, ni las expectativas propias o ajenas. Somos algo más esencial… más silencioso… más verdadero.
Quizás ahí, en ese dejar de hacer, empezamos a recordar que no todo tiene que ser sostenido con esfuerzo. Que también existe una forma de habitar la vida desde la suavidad, donde el ego no desaparece, pero deja de dirigir.
Y en ese pequeño descanso… en ese instante de entrega… algo en nosotros vuelve a su lugar
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Ale🦋