28/05/2026
Que cada tierra convoque a sus guardianes,
a quienes escuchen la memoria bajo el suelo
y reconozcan en el polvo antiguo
la voz primera que aún respira.
Que surjan manos para alzar las raíces,
para nombrar de nuevo lo olvidado,
para encender las lenguas dormidas
y devolverles su cauce,
como río que regresa a su lecho.
Que cada palabra ancestral florezca,
que no se pierda en el ruido del olvido;
que viva en la boca de los niños,
en el canto, en la ronda,
en la oración sencilla al amanecer.
Que los ríos sean honrados,
que nadie enturbie su espejo ni hiera su corriente.
Que el agua, sangre primera del mundo,
sea cuidada como se cuida un origen.
Que los lagos conserven su silencio profundo,
que guarden el reflejo del cielo limpio
y enseñen a mirar hacia adentro.
Que recordemos:
de esas aguas vinimos,
de esa matriz invisible nacimos todos.
En su latido comenzó el tiempo,
en su hondura descansa la semilla.
Que los montes permanezcan erguidos,
que los árboles sigan conversando con el viento,
que la tierra reciba gratitud
por cada fruto, por cada abrigo.
Que los animales sean reconocidos
como hermanos de aliento y misterio;
que sepamos escuchar su idioma sin palabras,
respetar su paso,
cuidar su refugio,
aprender de su manera de habitar el mundo.
Que despierte en cada persona
la memoria del vínculo sagrado,
la certeza de pertenecer
y no poseer.
Y que allí donde una raíz tiemble,
nazca alguien para sostenerla.
Allí donde una lengua calle,
nazca alguien para cantarla.
Allí donde un río sufra,
nazca alguien para sanarlo.
Que así sea,
por la piedra, por el agua, por el viento, por el fuego;
por la memoria antigua que nos nombra
y por la vida que, una y otra vez,
vuelve a nacer.