29/05/2026
*FIBROMIALGIA: “Cuando el cuerpo y el alma duelen”*
Cada vez que tengo enfrente a un paciente con diagnóstico de fibromialgia, hay ciertas cosas que tienden a repetirse.
La decepción —y en particular, la decepción en el amor— es quizás la más profunda. El dolor del alma ha echado raíces en los músculos, dando lugar al dolor físico.
Suelen ser mujeres, de mediana edad, que llegan tras haber recibido múltiples diagnósticos erróneos. Cargan a cuestas la pesada mochila de haber sido menospreciadas por profesionales que les repetían que su enfermedad “no existe” o que “está en su cabeza”. A veces, incluso sus círculos íntimos —familia, amigos, compañeros— sostienen una sutil sospecha sobre “qué tanto les duele de verdad”.
Mis pacientes consultan no solo por dolor, sino por una multiplicidad de síntomas:
cansancio extremo, lentitud, problemas gástricos e intestinales, caída del cabello, entre otros. Esta variedad los obliga a recorrer un laberinto de consultorios, obteniendo diagnósticos válidos pero desconectados entre sí:
hipotiroidismo, colon irritable, fatiga crónica, depresión.
Lo que no logran ver —porque nadie se los explica— es cuán interrelacionados están todos estos cuadros.
Son pacientes que han probado de todo: primero un simple analgésico (paracetamol), luego un antiinflamatorio (ibuprofeno), para pasar rápidamente a corticoides y opiáceos. Pero lo peor aún está por venir en la escalada farmacológica: el ingreso a los psicofármacos.
El famoso “puede con todo” clonazepam aparece como comodín. Es la puerta de entrada al mundo psiquiátrico.
Entonces comienzan los cambios de humor, sumándose a los ya propios de la enfermedad y a los que produce la falta de comprensión social. Los antidepresivos, bien intencionados pero prescritos matemáticamente, solo sirven para enmascarar el cuadro.
Finalmente llega el turno de los anticonvulsivantes. Sí, se escucha bien: la Pregabalina, indicada fuera de su uso original (off-label), es ahora el nuevo tratamiento.
La industria farmacéutica, agradecida.
¿El paciente… importa?
Es en ese momento cuando, en algunos, algo de rebeldía comienza a despertar. Perciben que no solo el dolor no se ha ido, sino que, como consecuencia directa de la medicalización, los trastornos psicoafectivos son cada vez más notorios, tanto para ellos como para su entorno.
Entonces deciden suspender por su cuenta los psicofármacos. Pero el intento dura lo que la llama de un fósforo: los síntomas de abstinencia son tomados como una “agravación” de la enfermedad y como confirmación de cuán necesaria era esa medicación.
Ignoran el poder adictivo de esos tratamientos.
El profesional, por supuesto, desde el modelo médico hegemónico enseñado en la facultad, confirma su hipótesis y le advierte al paciente sobre lo peligroso de tener criterio propio.
Resistiendo como pueden, y con el fantasma del futuro derrotista sobrevolando su mente, los pacientes se preguntan:
¿No habrá en lo natural alguna respuesta?
Y es entonces cuando comienza a desandarse un nuevo camino, aunque surgen nuevas dudas…
¿A quién acudir?
¿Buscar en internet?
¿A qué especialista?
¿Qué dirá mi médico si le pregunto por algo más allá de lo que ya hicimos?
¿Se enojará si cuestiono?
¿Qué papel juegan mis emociones en todo esto?
¿Y mi historia?
¿Pudo un dolor del alma haber sido el disparador de este dolor físico?
Y si así fuera... ¿cómo se cura ese dolor?
¿Basta con psicoterapia?
¿O solo sumaré otro especialista más a mi lista?
Cada vez que tengo enfrente a un paciente con diagnóstico de fibromialgia, estas preguntas vuelven… se repiten.
Una y otra vez.
Sin embargo, es posible salir del dolor, la depresión y la desesperanza.
Y puede lograrse de un modo natural, integral y duradero.
Dr. Alaniz – Homeópata y Naturista
Medicina funcional e integrativa
Salud natural, integral y duradera
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