31/05/2026
Antes de ser pediatra, soy mamá.
Hace unos días, mientras compartía con varios niños de edades similares, tuve una de esas pequeñas confirmaciones que la vida se empeña en repetirnos una y otra vez: «cada niño es un mundo cuando se trata de comer».
Uno devoraba tomates cherry como si fueran caramelos. Otro pedía más aceitunas. Uno rechazaba la sandía con una mueca de horror, mientras otro la buscaba con entusiasmo. Algunos disfrutaban verduras que muchos adultos evitan, y otros desconfiaban incluso de alimentos que veían todos los días.
Y entonces recordé algo que la evidencia lleva décadas enseñándonos: los gustos alimentarios no aparecen de la nada... Se construyen.
Los niños nacen con ciertas preferencias biológicas. Por ejemplo, suelen aceptar mejor los sabores dulces y rechazar inicialmente los amargos. Pero más allá de esa programación inicial, gran parte de lo que terminan aceptando depende de algo mucho más simple: «la exposición».
Los alimentos que vemos con frecuencia dejan de parecernos extraños. Los sabores familiares se vuelven seguros. Lo que hoy se rechaza puede convertirse mañana en un favorito.
Por eso, cuando una familia me dice preocupada: "Doctora, no le gustan las verduras", suelo preguntar: "¿Cuántas veces las ha visto? ¿Cuántas veces se las hemos ofrecido sin presión? ¿Cuántas veces nos ha visto comerlas a nosotros?".
Porque aprender a comer no ocurre en un día.
Ocurre observando.
Ocurre compartiendo la mesa.
Ocurre viendo que mamá, papá, los abuelos o los hermanos disfrutan de esos alimentos con naturalidad.
Sabemos que muchos niños necesitan ver un alimento numerosas veces antes de aceptarlo. No porque sean tercos. No porque estén manipulando. Simplemente porque su cerebro necesita tiempo para clasificarlo como algo conocido y seguro.
Y estos días, en La Paz, he pensado mucho en esto.
La dificultad para conseguir algunas frutas y verduras, la menor oferta en los mercados y el aumento de los precios nos ha recordado algo importante: mientras más variada es la alimentación que construimos desde la infancia, más herramientas tienen nuestros hijos para adaptarse cuando las circunstancias cambian.
Un niño que conoce distintos sabores, texturas, colores y alimentos no solo amplía su nutrición. También amplía su capacidad de adaptación.
Porque hoy hemos aprendido que «la variedad no es un lujo... Esvuna fortaleza».
La misión no es ganar una batalla en la mesa.
La misión es construir una relación saludable con la comida que pueda acompañarlos toda la vida.
A veces el mayor éxito no es que se coman el brócoli hoy.
A veces el éxito es que el brócoli siga apareciendo en la mesa, sin peleas, sin chantajes y sin miedo.
Porque los hábitos se cultivan igual que un jardín: con paciencia, constancia y tiempo.
Esperando que pronto volvamos a la normalidad qué tengan un domingo tranquilo disfrutando a los suyos, eso nadie nos lo puede arrebatar.
👩⚕️ Dra. Claret Burgoa de Eid Pediatra Intensivista
Consultorio Médico Mi Pediatra