03/09/2026
📲 Antes de tener un nombre, muchas personas neurodivergentes viven sus dificultades como una serie de fracasos personales. Sin una explicación, lo que en realidad es una forma distinta de funcionar se interpreta como falta de carácter, de esfuerzo o de voluntad.
La evidencia reciente lo confirma en más de una condición. En TDAH, una revisión sistemática de 2026 encontró que, antes del diagnóstico, es común describirse a uno mismo en términos muy duros —fracasado, defectuoso— y que nombrar la condición trae alivio y autocompasión (McGill, Jardim-Lalor y O'Connor, 2026). En autismo, la investigación muestra que sentir orgullo por la propia identidad autista después del diagnóstico se relaciona con mayor autoestima y bienestar.
Parte del problema es que estas condiciones no siempre son visibles desde afuera: muchas personas aprenden a enmascarar sus rasgos para encajar, un esfuerzo sostenido que tiene un costo emocional alto y que suele retrasar el diagnóstico por años. Y cuando dos o más neurodivergencias coexisten —TDAH, autismo, altas capacidades u otras—, pueden ocultarse entre sí, complicando aún más el camino hacia la comprensión.
Nombrar no es etiquetar. Es entender. Es soportar una narrativa capaz de proveer entendimiento conciliador y crítico a las estructuras sociales y personales donde, eventualmente, se asentarán para convivir.