03/06/2026
Verdad y Renacimiento
Por Nelson Enrique Zamora
Terapeuta Holístico Transpersonal
Hubo un momento en que sentí que debía detenerme, hacer una pausa profunda en todo lo que venía construyendo y acompañando. No fue porque perdiera la fe, ni por cansancio, ni mucho menos porque dudara del sentido de este camino que tanto amo. Lo que me llevó a parar fue atravesar una experiencia muy dura, que tocó lo más sensible de mi confianza y de mi corazón: me vi enfrentado a engaños, a palabras que se hicieron pasar por verdad, y a afirmaciones graves, relatos construidos y situaciones que jamás ocurrieron, levantadas con la única intención de herir, de manchar mi nombre y de romper el vínculo que con tanto cariño y respeto he ido tejiendo a lo largo de los años.
Como alguien que siempre ha creído en el encuentro, en la sinceridad y en la posibilidad de sanar juntos, al principio todo esto me descolocó mucho. Yo soy de los que piensan que, cuando alguien se acerca a compartir su proceso, lo hace buscando verdad, alivio y transformación. Pero la vida me enseñó, con mucha tristeza y también con mucha claridad, que no siempre es así. Aprendí que hay quienes llegan cargados de sus propias sombras, de dolores no resueltos, de historias que llevan dentro, y que a veces —sin saberlo, o quizás sabiéndolo muy bien— usan la palabra para descargar su propio peso sobre otros, buscando fuera lo que les duele en lo profundo.
Esa etapa fue como caminar entre niebla espesa. Me detuve no porque esas afirmaciones fueran ciertas, sino porque necesitaba protección, necesitaba cuidarme y cuidar todo lo que este camino representa. Sentí que debía tomar distancia, mirar con calma, revisar todo lo que soy y lo que hago, y comprender que incluso quien acompaña, quien guía, quien trata de sostener luz, también puede ser herido, también puede ser víctima de la confusión o de la malicia ajena. Y lejos de sentirme derrotado, esa pausa se volvió un tiempo de crecimiento, de mirada interna, de comprensión de que todo lo que nos pasa —incluso lo que más duele— trae una enseñanza para nuestro propio andar.
Quiero también expresar aquí mi gratitud infinita a los sabios abuelos, abuelas y mayores de las comunidades de nuestra tierra. A ellos, que me han acompañado y me siguen acompañando desde su inmensa sabiduría y desde su forma pura de ver la vida. Ellos, en su grandeza, no entran en estos juegos, ni en juicios, ni en discusiones vacías; simplemente sostienen, cuidan y acompañan desde el saber profundo de sus medicinas y sus tradiciones. Gracias, maestros, por cada palabra, por cada enseñanza, por el yagecito y por estar siempre ahí, firmes como la montaña.
Y quiero que esto quede claro, con el respeto más profundo: yo no soy chamán, ni curandero, ni dueño de ningún saber ancestral. Yo solo soy un acompañante de procesos, un terapeuta que camina junto a quien necesita encontrar su propio camino. El conocimiento sagrado, las medicinas y las tradiciones son y serán siempre patrimonio y guardia de ustedes, los verdaderos guardianes. A ellos corresponde compartirlo y acompañarlo como siempre lo han hecho, con la pureza y el respeto que se merecen. Yo solo he sido, soy y seré un puente, alguien que honra lo que ellos entregan y sigue acompañando desde su lugar, tal como lo he hecho todo este tiempo.
Soy alguien que disfruta de la vida de manera amorosa y respetuosa, que busca siempre el lado amable y abierto de las cosas, que cree que el mundo se hace mejor con encuentro y alegría. Pero también llevo en mí una sensibilidad profunda: esa que siente todo, que cuida cada detalle, que protege lo que ama con paciencia y calma, sabiendo que la seguridad y el refugio verdadero nacen siempre de adentro. Soy de quienes buscan crecer paso a paso, con raíces firmes en lo auténtico, tranquilo y sereno, avanzando con suavidad pero sin detenerse, sosteniéndome en principios que no cambian, igual que lo que es real y verdadero se mantiene en el tiempo. Mi esencia es la de quien quiere integrarlo todo, unir las partes, buscar el sentido oculto de lo que sucede, incluso cuando parece que no lo tiene.
Por eso, cuando todo esto pasó, no me cerré con dureza, ni me llené de orgullo o de ira. Al contrario, me pregunté: ¿qué me viene a enseñar esto? ¿Qué parte de mí debo cuidar mejor? ¿Cómo puedo seguir siendo yo —abierto y confiado— pero también más despierto y prudente?
Comprendí entonces que lo que se dice de nosotros habla mucho más de quien lo dice, que de nosotros mismos. Quien construye historias, quien acusa sin fundamento, quien usa la palabra para hacer daño, lleva dentro un dolor tan grande o una confusión tan honda, que solo sabe expresarse desde el ataque o la distorsión. Pero eso es su propio proceso, su propia lección; yo no puedo cargar con lo que no es mío, ni hacerme responsable de lo que nace de la oscuridad ajena.
Y aquí quiero ser muy claro: en esta vida, cada quien tiene su camino y su verdad, pero solo la justicia, de la manera que corresponda, es la única instancia indicada para aclarar, definir y dar razón sobre los hechos. Nadie somos dueños absolutos de la verdad ajena, ni tenemos el derecho de erigirnos en jueces o castigadores, basándonos solo en lo que escuchamos o creemos. La ignorancia o la pasión pueden nublar la mirada, pero el tiempo y la verdad siempre encuentran su cauce. Yo confío plenamente en que lo que es mío, lo que es limpio y honesto, se mantendrá en pie, más allá de cualquier voz que quiera opacarlo.
Hoy vuelvo a abrir estas puertas simbólicas, con el corazón más tranquilo, con más claridad y con mucha humildad. Regreso porque este trabajo no tiene paredes ni lugar físico, ni necesita territorios: su única solidez está en el alma de quienes caminamos juntos y en el lazo que nos une como tribu. Regreso porque llego habiendo aprendido mucho, con más experiencia y una mirada más profunda: llego sabiendo un poco más, aunque sé que no lo sé todo, fruto de todo lo vivido, de todo lo llorado, de todo lo comprendido en este tiempo de silencio. Regreso porque la verdad es simple y serena, no necesita gritar ni imponerse; ella sola se sostiene, porque tiene raíces reales. Regreso sabiendo que no soy perfecto, que sigo aprendiendo, que —como todos— me equivoco y también me caigo, pero que lo que me define es mi intención de bien, mi respeto profundo por cada persona y mi amor por este camino.
Inti en Ti - Madre Luna son ahora, y siempre han sido, las puertas que se vuelven a abrir —aunque en realidad nunca se cerraron del todo—: ese es el espacio, ese es el encuentro, ese es el lugar donde nos reconocemos. Aquí solo trabajamos con lo que es honesto y real, con lo que se siente de verdad, con lo que habita en el corazón y en la vida. No hay lugar para historias inventadas, ni para juicios o culpas que no corresponden, ni para malicias disfrazadas de dolor. Aquí nos cuidamos unos a otros sin ocultar nada, nos escuchamos con calma y caminamos juntos con la verdad por delante.
Lo que me detuvo fue la prueba de la falsedad. Lo que me hace volver es la certeza de mi conciencia limpia, de que mi propósito sigue intacto, más claro y más fuerte que antes, pero sin sentirme más que nadie. Vuelvo siendo yo mismo: abierto, alegre, sensible, firme y muy humano. Vuelvo sabiendo que las tormentas pasan, que el camino sigue a su ritmo, y que la luz que llevo adentro —y que quiero compartir con ustedes— nadie puede apagarla.
Gracias por estar aquí, gracias por este tiempo,
gracias por el apoyo y la paciencia,
gracias por caminar conmigo.
La vida sigue, y sigue más hermosa cuando la vivimos con verdad, con humildad, con el corazón despierto y el propósito claro, sin dejar de mirar al cielo.
Escuela de sanación Inti en Ti - Madre Luna