05/08/2026
Volver a casa
Aprovechando mi estancia en México para asistir a el III congreso INTERNACIONAL de trastornos pigmentarios y calidad de piel (SINMELASMA), decidí regalarme uno de esos momentos que permanecen para siempre en el corazón: reencontrarme con mis amigas y compañeras de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Nuestro punto de encuentro fue el restaurante Nube 7, ubicado en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC), dentro de Ciudad Universitaria. Entre un delicioso desayuno, sonrisas y abrazos, el tiempo pareció detenerse. Bastó una conversación para volver a sentirnos aquellas estudiantes llenas de sueños, ilusiones y ganas de transformar el mundo a través de la medicina.
Después emprendimos un recorrido por nuestra querida Facultad de Medicina. Caminar nuevamente por sus pasillos, entrar a las aulas, recordar los auditorios donde presentamos tantos exámenes y evocar las interminables horas de estudio de anatomía, histología, fisiología, farmacología y cirugía fue una experiencia profundamente conmovedora. Cada rincón despertó un recuerdo, una anécdota y una emoción que creíamos olvidada.
Fue inevitable reflexionar sobre cuánto hemos cambiado con el paso de los años. Hoy cada una ha construido su propio camino profesional y personal, pero todas compartimos el mismo origen: una formación académica que nos enseñó el rigor científico, la disciplina, la ética y, sobre todo, el compromiso con nuestros pacientes.
Sentí un inmenso orgullo al recordar que soy egresada de la Universidad Nacional Autónoma de México, una de las instituciones de educación superior más prestigiosas y reconocidas internacionalmente. Y, de manera muy especial, de su Facultad de Medicina, heredera de una tradición que suma 447 años de enseñanza formal de la medicina, considerada la escuela de medicina con actividad continua más antigua del continente americano.
Más que un desayuno o un recorrido, fue un viaje al pasado para agradecer nuestras raíces, honrar a nuestros maestros, celebrar nuestra amistad y reconocer el privilegio de haber sido formadas en una institución que ha marcado la historia de la educación y de la medicina en nuestro continente.
Hay lugares que nunca se abandonan por completo. La Facultad de Medicina de la UNAM es uno de ellos. Porque, aunque la vida nos lleve por distintos caminos y países, siempre habrá un espacio en nuestro corazón que nos recuerde dónde comenzó el sueño de convertirnos en médicas.
Gracias, UNAM, por ser nuestra casa. Y gracias a la vida por permitirnos volver, abrazar nuestros recuerdos y comprobar que la amistad, al igual que la vocación por la medicina, trasciende el tiempo.