David González. Psiquiatra

David González. Psiquiatra tratamientos psiquiátricos, psicoterapia y psicoanálisis

25/05/2026

Heridas, traumas psicológicos. Conflictos Padres-Hijos. Sanación.

*EUROPA, ORIENTE Y EL DELIRIO DEL PODER**-La arrogancia de la claridad-* Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. ...
23/05/2026

*EUROPA, ORIENTE Y EL DELIRIO DEL PODER*
*-La arrogancia de la claridad-*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 116.

¿Existe, detrás de los grandes discursos culturales, un deseo profundo de sobrepasar los límites del otro y de diagramar el destino individual y el de la humanidad?

Los grandes líderes de los imperios -desde la antigüedad hasta hoy- parecieran haber sido arrastrados por esa fuerza invisible. A veces, ella ha construido épocas de esplendor; otras, ha sembrado siglos de sufrimiento.

Persépolis símbolo gigantesco del poder oriental Persa, fue arrasada por Alejandro Magno en su carrera por conquistar el oriente.

El mandato de amarnos, compartir y convivir, tantas veces transmitido por nuestros padres, suele ser aplastado por otro discurso que flota en el aire de las culturas y se impone con violencia:

“Debemos bombardear civilizaciones si no aceptan nuestros mandatos”, decía hace poco un líder mundial.

Y así, generación tras generación, el poder continúa hablando.

La mitología ya intuía este conflicto mucho antes de que existieran los tratados políticos o las teorías psicológicas.

La hermosa mujer Europa es raptada en fenicia (Libano) por Zeus transformado en toro. El dios la lleva sobre su lomo atravesando el Mediterráneo hasta llegar a Creta, donde nacen su tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón.

A su vez

París, príncipe troyano (Asia), viaja a la ciudad griega Esparta.
Allí conoce a -Helena-, esposa del rey Menelao. La rapta generándose la famosa guerra de troya.

Oriente y Occidente aparecen así entrelazados desde el origen mismo de los relatos como si ambas civilizaciones estuvieran destinadas a perseguirse, mezclarse y enfrentarse eternamente.

Los mitos sobreviven porque hablan de algo profundo: el deseo humano de conquistar, poseer y trascender.
Y es allí donde aparece el tema del poder.

Carlos Castaneda, en Las enseñanzas de Don Juan, describe el poder como una fuerza embriagadora. A través del chamán Don Juan Matus, explica que el poder no se deja simplemente usar: seduce, domina y termina atrapando a quien lo ejerce sin conciencia. Es como un vino fuerte que nubla la mirada. Muchos quedan suspendidos en una ilusión de invencibilidad. Solo quien logra atravesarlo sin orgullo ni apego puede evitar convertirse en su prisionero.

En la búsqueda de la fama ocurre algo parecido: el ascenso suele venir acompañado de una lenta desconexión de los otros.

Ese viaje ocurre sobre la cabalgadura del lenguaje. Y el lenguaje, diría Michel Foucault, también es poder.

El poder está en la mirada que aprueba, en la palabra que nombra, en la sociedad que decide quién merece ser escuchado y quién debe permanecer en silencio.

Nuestros primeros vínculos, nuestras historias familiares y una cultura profundamente competitiva organizan, sin que lo notemos, el rumbo que seguimos. Aunque creamos elegir libremente, existen hilos invisibles que orientan nuestros deseos.

Si el destino ha sido la fama, superarla -como sugería el maestro de Castaneda- no consiste en rechazarla, sino en no quedar atrapado en ella. En resquebrajar el muro cultural que la sostiene. Y eso no es fácil.

Porque al llegar al poder, el riesgo de perderse es inmenso. Allí, sostenidos por certezas que pueden rozar el delirio, dejamos de escucharnos y de escuchar. El sentimiento de grandeza enceguece. Nos impide reconocer que dentro de nosotros no habita una sola voz, sino muchas.

¿Y cómo escuchar esas otras voces?

La historia suele ser escrita por el lenguaje de los vencedores.

Pocos se atreven a mirar el mundo desde los ojos del rival. Heródoto, un griego del siglo V a.C., decidió hacerlo. Viajó, convivió con los persas y escribió Historias intentando comprender por qué existían las luchas entre Oriente y Occidente.

Los griegos llamaban “bárbaros” a los persas. Sin embargo, cuando Heródoto fue hacia Oriente, descubrió algo desconcertante: encontró seres humanos comunes.

Irene Vallejo recuerda que Heródoto intentó derribar los prejuicios de sus compatriotas y comprendió que la línea divisoria entre barbarie y civilización no es geográfica, sino moral, y atraviesa a todos los pueblos. Como escribe Vallejo:
“ _Necesitamos conocer culturas alejadas y diferentes, porque en ellas encontramos reflejada la nuestra… Es el otro quien me cuenta mi historia, el que me dice quién soy yo._ ”

Quizá allí resida una de las formas más profundas de desmontar el poder: escuchar al otro antes de convertirlo en enemigo.

Entonces, tal vez el verdadero acto de poder no sea dominar.

Tal vez consista en detenerse. Mirarse sin máscaras. Escuchar más de lo que se habla. Darle lugar al otro sin necesidad de silenciarlo.

Solo así, en ese momento de reflexión madura, es posible comenzar a desmontar —ladrillo a ladrillo— las estructuras invisibles y lingüísticas que nos construyeron… y que, sin darnos cuenta, también nos gobiernan.

Porque el poder no es solo un lugar al que se llega.
Es también un espejo que deforma.
Y cuanto más alto se está, más difícil se vuelve mirarse con honestidad.

Dr. Lucio David González MD. Mr.
Psiquiatra- Psicoterapeuta
Tels.: (+57) 3155706594 - 3183244386

*CIVILIZACIONES SOBRE HUESOS*Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 115Hubo un hombre en Mesopotamia que jamás i...
16/05/2026

*CIVILIZACIONES SOBRE HUESOS*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 115

Hubo un hombre en Mesopotamia que jamás imaginó que alguien, miles de años después, hablaría de él.

No conocemos su nombre.

Tal vez despertaba antes del amanecer, cuando el barro aún estaba frío y el río parecía un dios respirando en la oscuridad. Tomaba una pala rudimentaria y caminaba junto a cientos de cuerpos hacia los canales de irrigación. Sabía que si el agua no llegaba, la ciudad moriría de hambre. También sabía que si dejaba de trabajar, él mismo podía morir.

Mientras tanto, en los templos, los escribas registraban cosechas, impuestos y riquezas. Los reyes serían recordados. Él no.

Siglos después, otro hombre empujaba piedras en Egipto bajo el sol blanco del desierto. Más tarde, un esclavo romano descendía a una mina donde el aire quemaba los pulmones. Mucho después, una mujer africana cruzaba el Atlántico encadenada en la oscuridad de un barco.

Después vendrían niños cubiertos de hollín en Manchester, obreros suspendidos sobre el vacío construyendo Nueva York, prisioneros del Gulag congelados en la “autopista de huesos” soviética, costureras atrapadas en fábricas incendiadas en Bangladesh, mineros invisibles extrayendo litio y cobalto para alimentar el brillo limpio de nuestras pantallas.

Cambian los idiomas.
Cambian los imperios.
Cambian las banderas.

Pero algo inquietante permanece.

La riqueza humana suele construirse lejos de los ojos de quienes la disfrutan.

Hay una distancia moral que atraviesa la historia:
el consumidor no ve la mano herida;
la ciudad no recuerda al obrero caído;
el monumento oculta el cansancio de los cuerpos que lo levantaron.

La civilización avanza, sí.
Pero demasiadas veces avanza apoyándose sobre personas convertidas en combustible.

Y quizá el mecanismo más peligroso no sea la crueldad abierta, sino la costumbre.

Porque el ser humano puede acostumbrarse a casi todo:

a que otros sufran por él,
a que exista pobreza permanente,
a que millones trabajen hasta agotarse,
a que haya niños cosiendo ropa,
migrantes viviendo invisibles,
ancianos descartados,
empleados destruidos lentamente por sistemas que llaman “productividad”.

Nos acostumbramos porque el sufrimiento ajeno suele llegar amortiguado:
envuelto en publicidad,
oculto en estadísticas,
enterrado bajo palabras técnicas.

Ya no vemos esclavos encadenados en las plazas.
Ahora vemos:
“optimización”,
“competitividad”,
“crecimiento”,
“recursos humanos”.

Y a veces olvidamos que detrás de cada término sigue habiendo un ser humano que siente miedo, hambre, cansancio y humillación exactamente igual que hace cuatro mil años.

La historia no se repite de manera idéntica.
Se disfraza.

Antes el látigo era visible.
Hoy muchas cadenas son psicológicas:
la deuda,
el miedo a quedar fuera,
la precariedad,
la ansiedad constante,
la idea de que una persona vale solo si produce.

El cuerpo humano sigue pagando el precio de sistemas demasiado grandes.

Y sin embargo, hay algo profundamente esperanzador:
cada época también ha producido personas capaces de romper el ciclo.

Siempre hubo alguien que miró al esclavo y dijo:
“es un ser humano”.

Siempre hubo alguien que escondió perseguidos, escribió denuncias, fundó sindicatos, defendió derechos, abrió escuelas, alimentó hambrientos, cuestionó imperios o renunció a privilegios injustos.

La humanidad no avanza solo por tecnología.
Avanza cuando amplía su capacidad de compasión.

Tal vez la verdadera evolución humana no consista en construir edificios más altos ni máquinas más inteligentes, sino en lograr que menos personas tengan que ser destruidas para sostener el bienestar colectivo.

Porque una civilización no debería medirse únicamente por:

su riqueza,
sus monumentos,
sus ejércitos,

También debería medirse por algo mucho más íntimo:
cuánto sufrimiento invisible necesita producir para existir.

Quizá el gran desafío moral de nuestro tiempo sea volver a mirar.

Mirar de verdad.

Preguntarnos:

quién fabrica lo que consumimos,
quién limpia nuestras ciudades,
quién cose nuestra ropa,
quién recoge nuestros alimentos,
quién queda agotado mientras otros prosperan.

No para vivir culpándonos eternamente, sino para recuperar algo que la historia pierde con facilidad: la conciencia del otro.

Porque toda deshumanización comienza cuando alguien deja de ver un rostro y empieza a ver solamente una función.

Y toda transformación humana comienza exactamente al revés:
cuando alguien vuelve a mirar al desconocido y reconoce allí una vida tan valiosa como la propia.

Tal vez todavía estamos a tiempo de construir una civilización donde el progreso no necesite cementerios invisibles bajo sus carreteras.

Dr. Lucio David González. MD.Mr.
Psiquiatra- Psicoterapeuta
Tels: (+57) 3155706594 - 3183244386

*EL PERDÓN A LOS PADRES**-Cuando la herida deja de sangrar y empieza a iluminar.*Para mis apreciados lectores. Psicoentr...
09/05/2026

*EL PERDÓN A LOS PADRES*
*-Cuando la herida deja de sangrar y empieza a iluminar.*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 114

Alguien me pidió que escribiera sobre el perdón hacia nuestros padres.
Cómo reconciliarnos con aquellos recuerdos en los que el amor se mezcló con el dolor? Cómo transformar esas huellas que aún arden en silencio?

Hay una frase que resuena con fuerza en la historia humana:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46; Marcos 15:34).

Más allá de su dimensión teológica, esta expresión puede leerse como el eco más profundo del desamparo humano. En ella, Jesús no habla desde la divinidad, sino desde la herida: la soledad, el abandono, la fragilidad extrema. Es, de cierto modo, la voz de cualquiera que alguna vez se sintió abandonado.

Existe un hecho casi universal: para un niño, sus padres lo son todo. Son figuras poderosas, casi sagradas, fuente de vida, de normas, de sentido. El niño no solo los ama: también quiere parecerse a ellos.

Pero ningún “dios” humano está libre de grietas.

Llega un momento —muchas veces en la adolescencia— en que esas grietas se hacen visibles. El joven descubre que sus padres no son perfectos, que también fallan, que a veces hieren. No es solo decepción: es una sacudida en la propia identidad. Si ellos no eran lo que yo creía, ¿entonces qué soy yo?

Paradójicamente, esa caída del ideal es parte del crecimiento. Es el fin del paraíso infantil. A partir de ahí, la vida se revela en su complejidad: con luces y sombras, con amor y error entrelazados.

Hermann Hesse lo retrata con delicadeza en Demian : un niño que, al descubrir la mentira y la culpa, siente nostalgia por un mundo anterior donde todo parecía limpio y luminoso. Esa nostalgia, en el fondo, es el duelo por la inocencia perdida.

Sin embargo, no todas las infancias parten de un paraíso.

Hay historias donde el dolor no fue una excepción, sino el clima habitual: discusiones constantes, adicciones, ausencias, infidelidades, angustias económicas, carencia de afecto. Entonces, la frase de abandono deja de ser metáfora y se vuelve experiencia vivida.

Muchos de esos niños crecen y, con el tiempo, transforman su herida en fortaleza. La resiliencia los vuelve sensibles, profundos, incluso sabios. Otros, en cambio, cargan con cicatrices que se expresan en ansiedad, depresión o dificultades para vincularse.

Sea cual sea el desenlace: esa historia necesita ser comprendida, elaborada, resignificada. Porque lo que no se nombra, se repite; y lo que se comprende, comienza a sanar.

Sabemos hoy que estas vivencias dejan huella en el cerebro: el hipocampo guarda la memoria de lo ocurrido, mientras la amígdala conserva la carga emocional. No es solo recuerdo: es experiencia viva que se reactiva.

Por eso, sanar implica también narrar.

Facundo Cabral lo decía con su sencillez luminosa: “Ve donde tu padre y arregla tu problema”. Cuando es posible, el encuentro y la palabra directa pueden abrir caminos inesperados.

Pero cuando no lo es —porque ya no están, o porque el vínculo no lo permite— queda otra vía igualmente poderosa: reescribir la historia. Contarla una y otra vez, hasta que deje de ser herida muda y se vuelva palabra. Transformarla en relato, en poema, en música. Compartirla.

En ese proceso, algo cambia: la emoción intensa se va aquietando. La rabia se vuelve comprensión, el dolor encuentra cauce, la memoria deja de sangrar.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, el perdón empieza a asomarse.

No como un acto forzado, ni como olvido, sino como una forma de descanso interior. A veces llega cuando nos convertimos en padres y comprendemos, desde dentro, lo difícil que es no equivocarse. Otras veces, aparece cuando la vida nos regala nuevas figuras: personas que, sin reemplazar a nadie, encarnan cuidado, guía, presencia. Nuevos “padres” elegidos.

Recuerdo una escena personal. Presentaba uno de mis libros, ya mi lado estaba un colega mayor, alguien que la vida puso en mi camino con generosidad inesperada. En medio del evento, dije al público:

"Hace muchos años murió mi padre. Hoy, a mi lado, está sentado otro padre. Gracias a su apoyo, este libro existe. Y, de alguna manera, escribirlo me ha permitido exorcizar mis viejos fantasmas".

Quizás de eso se trata el perdón: no de borrar el pasado, sino de darle un nuevo lugar. De reconocer la herida, pero también la posibilidad de transformarla en algo que, en lugar de encadenarnos, nos hagamos más humanos.

Dr. Lucio David González. MD. Mr.
Psiquiatra. Psicoterapeuta
Tels. (+57) 315 570 6594 - 3183244386

07/05/2026

La ansiedad, algunas veces es un don. Hay que optimisarla

*LA MEMORIA DE LA ETERNIDAD*Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 113.Tu puedes recordar el pasado y anticipar ...
02/05/2026

*LA MEMORIA DE LA ETERNIDAD*
Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 113.

Tu puedes recordar el pasado y anticipar tu futuro gracias a que tienes unas tablillas en el cerebro donde puedes esculpir palabras.

Fue entonces cuando el cerebro se convirtió en un lugar donde se escribe.

Desde ese momento, nuestros mu***os dejaron de desaparecer del todo.
Comenzaron a reaparecer una y otra vez: en los recuerdos, en las esquinas de la vida, en los instantes de dificultad.

Así, tanto el dolor como la alegría se prolongaron.

Guardamos a nuestros mu***os en la memoria consciente como si estuvieran tallados en piedra, disponibles para ser convocados. ¿Quién no ha soñado que el familiar mu**to reaparece en sueños generándonos angustia o alegría?

La mente, para aliviar el dolor, crea narracionees. No importa del todo si son verificables; importa que otorguen sentido.
Y cada vez que las recordamos, las reescribimos.

Como los cantores prehoméricos que, antes de la escritura, transmitían mitos y hazañas épicas —modificándolos con cada canto—, así también cada recuerdo es una nueva versión del pasado: una narración que se ajusta al presente y resignifica la existencia.

Los animales, desde luego, poseen memoria, especialmente emocional. Aprenden de la experiencia y ajustan su conducta. Sin embargo, no construyen relaciones simbólicas complejas ni proyectan el futuro como lo hace el ser humano.

Imaginemos un tigre que se acerca a un arroyo a beber agua y, de pronto, casi es atacado por un cocodrilo. El susto es intenso, vital.

La experiencia no se pierde: queda inscrita en su sistema nervioso. La amígdala, activada por el miedo, participa en la codificación de esa amenaza, mientras el contexto se asocia en otros circuitos de memoria.

Al día siguiente, el tigre vuelve a sentirse sed. Pero si regresa al mismo lugar, algo se activa en él.
No recuerda la escena como una historia. No hay relación.
Y, sin embargo, su cuerpo sabe: se detiene, se tensa, retrocede.

Algo le advierte.

Es la memoria emocional operando antes que cualquier pensamiento elaborado.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando en el ser humano se altera la “tablilla” de los recuerdos conscientes?

El paciente HM, estudiado en profundidad por la neurociencia (Scoville, Milner; y más tarde Antonio Damasio y Joseph LeDoux en el marco de la memoria y la emoción), perdió la capacidad de formar nuevos recuerdos conscientes tras la extirpación del hipocampo. Sin embargo, conservó la memoria emocional.

Un médico podía entrar, saludarlo y conversar. Minutos después, al regresar, el paciente no lo reconocía. Esto podía repetirse indefinidamente.

Pero si en algún encuentro el médico le causaba una leve molestia —por ejemplo, con un objeto punzante oculto en la mano—, algo cambiaba.
La siguiente vez, el paciente no recordaría el episodio… pero evitaría darle la mano.

Si se le preguntaba por qué, respondía: “no quiero” o “no me gusta”.
No sabía la razón, pero su cuerpo sí.

De manera simplificada: el hipocampo permite esculpir los recuerdos conscientes; la amígdala imprime la huella emocional.
No son sistemas aislados, pero cumplen funciones distintas.

Y entonces ocurre algo profundamente humano: necesitamos hacer algo con ese dolor inscrito en los pergaminos de la mente.

Surgen los rituales. Los cementerios. Las oraciones.
No son solo actos culturales: son formas de releer el texto de la ausencia para que no se borre.

Al recordar, sufrimos.
Y al sufrir, imaginamos.

Creer no es simplemente una ilusión: es una construcción de sentido arraigada en la memoria.
Nuestros seres queridos continúan en nosotros, inscritos en nuestros propios relatos. Así nos sostenemos frente a la ausencia.

La muerte deja de ser un final absoluto y se transforma, simbólicamente, en un nuevo comienzo.

En contraste, los animales no humanos parecen habitar más estrechamente el presente.

La historia de Hachiko lo ilustra con una fidelidad conmovedora: el perro que, durante años, espera a su dueño en la estación del tren incluso después de su muerte.
No parece elaborar la pérdida como una relación humana. Permanece en una espera sostenida por la memoria emocional y la rutina.

Por eso puede decirse, con cautela, que los animales habitan un presente continuo: no como una práctica consciente, sino como un límite cognitivo.

Curiosamente, cuando el ser humano medita y aquieta el flujo de pensamientos, intenta aliviar el peso de esa memoria narrativa, como si por un instante cerrara los rollos de su propia historia. No regresa a un estado “animal”, pero sí se libera parcialmente del tiempo psicológico.

Finalmente, así como el cerebro conserva la memoria individual, la cultura ha creado sus propios soportes de memoria: piedras, papiros, pergaminos, libros y, hoy, la inteligencia artificial.

La humanidad, como el cerebro, necesita recordar.

La memoria —biológica o cultural— es el hilo que une nuestra experiencia del tiempo, nuestra conciencia de la muerte y nuestra necesidad de imaginar la eternidad.

Es, en última instancia, una forma de resistir al olvido… y de triunfar sobre el dolor.

Dr. Lucio David González.
Psiquiatra. Master Psicoanálisis
Tels. (+57) 315 570 6594 - 3183244386

*UN PAJARITO HA MU**TO: -la herida que aprende a amar-*Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 112.Hay recuerdos ...
25/04/2026

*UN PAJARITO HA MU**TO: -la herida que aprende a amar-*

Para mis apreciados lectores. Psicoentrega No. 112.

Hay recuerdos que no se quedan en el pasado.
No envejecen.
No se desgastan.
Siguen ocurriendo, de algún modo, dentro de nosotros.

Un adulto me cuenta que siendo niño la mama le construyo un molinillo de viento que le pedían en el colegio. Él lo llevo al colegio y estando allá la lluvia lo destruyó. Sintió que le había partido el corazón a su madre.

Minutos después relata que caminando con su madre encontraron un pajarito herido en la calle. Lo llevaron a casa y trataron de alimentarlo. Al día siguiente él lo cogió y lo bañó, pero ya estaba mu**to. Pensó que lo había matado. Al relatar esto, a pesar de ser ya un adulto, no pudo contener sus lágrimas.

Años después, su vida afectiva parece seguir un patrón.
Sus parejas tienen algo en común: están heridas. Historias difíciles, dolores abiertos, fragilidades que no siempre se ven a simple vista.

Y él, en cada relación, ocupa el mismo lugar.
El que cuida.
El que sostiene.
El que intenta salvar.
Existe una necesidad silenciosa de reparar. Como si, de algún modo, la historia aún no hubiera terminado.

Aquí surge una pregunta inevitable: ¿Todo comenzó con ese molinillo… con ese pajarito?
Antes de esas escenas, probablemente ya existía un terreno emocional.
No necesariamente un trauma evidente o un hecho dramático. Más bien, un clima, .
un entorno donde el vínculo es importante, pero frágil:

“¿El otro es estable?”
“¿Depende de mí?”
“¿Puedo fallar sin perder el amor?”

Imaginemos un escenario frecuente:

Una madre amorosa, pero emocionalmente vulnerable.
Momentos de cercanía intensa, pero también de tristeza, cansancio o tensión. Nada extremo. Nada que desde afuera parezca problemático.
Pero el niño percibe que cuando el otro está bien, todo está bien.
Y que cuando el otro se quiebra, algo se desordena.

Y entonces aprende, sin palabras:
“Tengo que hacerlo bien.”
“No debo fallar”.
“Lo que hago afecta a quien amo”.

En ese contexto, el molinillo no es solo un objeto.
Es una prueba.
Y cuando se daña, no se rompe solo el cartón.
Se confirma una sensación más profunda:

“Lo que me dan con amor… puedo arruinarlo.”

Luego aparece el pajarito.
Y el niño, que ya siente que debe cuidar, actúa. Intenta ayudar. Pero el desenlace es la muerte.

“Fui yo.”

El niño que sintió que dañaba…
se convierte en el adulto que intenta reparar.

Busca, sin saberlo, lo que necesita ser salvado.
Se queda donde hay dolor.
Confunde amor con responsabilidad.

Pero hay algo que describió Alfred Adler y lo llamó compensación.
La vida, sin que la persona lo advierta, se organiza alrededor de esa herida.
Esa herida también lo hizo sensato.
Le enseñó a percibir el dolor ajeno.
A leer lo que otros no dicen.
A acercarse cuando otros se alejan.

Ahí hay un valor.

El problema aparece cuando esa sensibilidad no tiene límites, y se transforma en autosacrificio, en sobrecarga, en una vida vivida para reparar lo que no le corresponde.

El trabajo terapéutico no consiste en borrar estas escenas.
Consiste en mirarlas de otra manera.
Entender que ese niño no destruyó: intentó cuidar con lo que tenía.

Que el amor no era tan frágil como parecía.
Que no todo depende de él.
Que no todo lo herido puede —ni debe— ser salvado.

Poco a poco, algo cambia.

La culpa se afloja.
La historia se reescribe.
El pasado deja de repetirse como destino.

Quizás todos tenemos, en algún lugar de nuestra historia, un momento así.
Algo pequeño... que se volvió grande.
Algo que no entendimos… y que seguimos intentando resolver.

Un “pajarito mu**to” que aparece, una y otra vez, en nuestras elecciones.

Pero cuando esa historia se comprende, deja de empujar desde la sombra.

Y entonces ocurre algo sencillo, pero profundo:

el amor deja de ser una tarea de reparación…
y empieza, por fin, a ser un encuentro entre dos.

Dr. Lucio David González
Psiquiatra- Master Psicoanálisis.
Tels. 8+57) 3155706594 - 3183244386

20/04/2026

La psicoterapia profunda tiene : contención, interpretación y creatividad

*UNA MIRADA A LA ANSIEDAD SIN TRAUMA**-afinar el instrumento-*Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 1...
18/04/2026

*UNA MIRADA A LA ANSIEDAD SIN TRAUMA*
*-afinar el instrumento-*
Para mis apreciados lectores. Reflexión Psiquiátrica No. 111

Hay personas cuya vida, vista desde afuera, parece ordenada, suficiente, incluso serena. No hay heridas evidentes, no hay relatos de catástrofes que expliquen lo que ocurre en su interior. Y sin embargo, algo tiembla. Una inquietud persistente, una inseguridad difícil de nombrar, un temor desproporcionado ante situaciones tan humanas como hablar en público o exponerse al juicio de otros.

Durante mucho tiempo, hemos intentado entender este fenómeno buscando un origen oculto, una grieta en el pasado, un trauma silente que justifique el malestar presente. Pero quizá esa búsqueda, aunque a veces necesaria, no siempre es la más honesta. Tal vez, en algunos casos, no estamos frente a una herida… sino frente a una sensibilidad.

Porque la ansiedad, en estos individuos, no necesariamente es el eco de un pasado roto. Puede ser, más bien, la expresión de un sistema de alerta que funciona —paradójicamente— demasiado bien.

Se trata de mentes que anticipan, que escanean el entorno con una precisión casi quirúrgica, que detectan matices donde otros ven normalidad. Hay en ellas una forma de inteligencia particular: una capacidad para prever escenarios, para leer gestos, para prepararse.

Pero esa misma virtud, sin regulación, se vuelve carga. Lo que podría ser intuición se convierte en hipervigilancia; lo que podría ser responsabilidad, en exigencia implacable.

El problema, entonces, no es la existencia de la alarma, sino su falta de calibración.
El cuerpo reacciona como si hubiera peligro real donde solo hay exposición emocional. El corazón se acelera, la mente se anticipa al fracaso, el yo se observa a sí mismo con una lupa implacable. Y así, la experiencia se distorsiona: no se vive el momento, se evalúa; no se actúa, se controla; no se está, se teme.

Pero hay algo profundamente esperanzador en esta comprensión. Si no estamos ante una fractura, sino ante un sistema sobre-activado, entonces el camino no es reconstruir desde las ruinas, sino afinar el instrumento.

Optimizar ese “don inquieto” implica, en primer lugar, cambiar la relación con la ansiedad. Dejar de verla como enemiga y empezar a reconocerla como señal —a veces exagerada, sí—, pero no necesariamente equivocada en su intención. La ansiedad no busca destruir; busca proteger, aunque lo haga de forma torpe o desmedida.

Implica también aprender a discriminar. No todo lo que incomoda es peligroso. No todo lo que activa merece evitación. Hay un arte en enseñarle al sistema nervioso que ciertas experiencias —aunque intensas— no son dañinas. Y ese aprendizaje no ocurre en la teoría, sino en la experiencia repetida, en el enfrentamiento gradual con aquello que se teme.

Finalmente, supone revisar la voz interna. Porque muchas de estas personas no solo sienten ansiedad: se hablan desde ella. Se anticipan al error, se juzgan antes de actuar, se exigen más de lo humano. Y ese diálogo constante alimenta el circuito de alerta, lo perpetúa, lo intensifica.

Cuando ese proceso comienza a transformarse, ocurre algo interesante: la ansiedad no desaparece, pero cambia de forma. Se vuelve más precisa, más funcional, menos invasiva. Y entonces, aquello que antes limitaba empieza, sutilmente, a potenciar.

La persona ya no deja de sentir, pero aprende a no sobre-rreaccionar. Ya no evita, pero elige. Ya no se paraliza, pero se prepara. Y en ese tránsito, descubre algo que no siempre se dice: que dentro de su inquietud había también una forma de lucidez.

Quizá, al final, no se trataba de apagar la alarma.
Sino de enseñarle a sonar… solo cuando realmente hace falta.

Dr. Lucio David González
Psiquiatra. Master Psicoanálisis
Tels. (+57) 3155706594 - 3183244386

15/04/2026

El poder de la palabra. La palabra cura. Psicoterapia

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