20/04/2026
Entre la Bata, el Juicio y la Envidia
por Roberto R. Montiel.
Existen profesiones que pasan por la vida social como sombras discretas. Otras, sin embargo, entran en escena como personajes trágicos y no rara vez, caricaturescos.
El médico pertenece a esta última categoría: a veces elevado a la condición de oráculo, a veces reducido a la figura de sospechoso habitual.
Es amado con fervor casi religioso y odiado con igual intensidad. Una dualidad que dice menos sobre el médico y más sobre la naturaleza profundamente contradictoria de quien lo observa.
El médico es, ante todo, depositario de expectativas imposibles. Se espera de él precisión de máquina, compasión de santo, disponibilidad de siervo y resistencia de acero.
Debe saberlo todo, no equivocarse nunca y, de preferencia, hacerlo con una sonrisa tranquila y una puntualidad casi mítica, aunque la realidad le presente pasillos abarrotados, sistemas fallidos y un cansancio que no cabe en el historial.
Cuando acierta, solo cumplió con su obligación.
Cuando falla, se revela, a los ojos de muchos, no humano, sino culpable.
Pero hay un ingrediente menos confesado en esa ecuación: la envidia.
Envidia de la bata blanca que, a ojos de los demás, parece conferir autoridad inmediata.
Envidia del supuesto estatus, ese lugar simbólico donde el médico es visto como alguien “que ha triunfado”.
Envidia de la idea (no siempre real, pero persistentemente imaginada) de un ingreso cómodo, de una vida estable, de una posición social distinguida.
Y, quizás más profundamente, envidia del papel de héroe. Esa fantasía colectiva de poder salvar, decidir, intervenir en el destino.
Es curioso: la misma sociedad que romantiza al médico como figura casi épica, también lo observa con una mirada sesgada, como quien sospecha de privilegios indebidos.
Se admira el brillo, pero se cuestiona el precio; se reverencia el símbolo, pero se desconfía del hombre.
Y entonces, cuando algo falla, la envidia encuentra terreno fértil para transformarse en juicio.
El médico, que ya cargaba con el peso de las expectativas, pasa a cargar también con el peso de las proyecciones ajenas.
Si tiene éxito, “es porque gana bien”.
Si trabaja largas jornadas, es porque "le gusta la plata".
Si demuestra seguridad, “es arrogante”.
Si mantiene distancia emocional, “es frío”. Si se involucra demasiado, “es poco profesional”.
Siempre hay un veredicto listo, moldeado menos por los hechos y más por los sentimientos que orbitan la figura que él representa.
Se admira al médico porque toca lo que más asusta: la posibilidad de la pérdida, del dolor, del fin. Entra donde pocos entran: en el territorio íntimo del cuerpo y de la vulnerabilidad.
Su presencia calma, su palabra orienta, su decisión puede cambiar destinos.
Hay, en ello, un fascinio casi ancestral: el médico como aquel que posee un saber que roza el misterio.
Pero se odia al médico por razones igualmente humanas.
Se odia la demora en la consulta, como si el tiempo del sufrimiento ajeno pudiera organizarse con rigor matemático.
Se odia el lenguaje técnico, que suena a ocultamiento, cuando muchas veces es solo el intento imperfecto de traducir lo complejo.
Se odia, sobre todo, la limitación, esa falla imperdonable de no ser omnipotente.
Y hay aún un elemento más sutil, casi incontestable: el médico recuerda, todo el tiempo, que somos finitos.
Él nombra lo que preferiríamos ignorar. Da forma a lo invisible. Confirma, con exámenes y palabras, aquello que el cuerpo ya susurraba.
Y a nadie le gusta quien revela verdades incómodas, aunque lo haga con delicadeza.
Así, el médico oscila entre el pedestal y el banquillo de los acusados. Un día, es el salvador que “salvó de la muerte”; al otro, el negligente que “no vio lo obvio”.
Entre esos extremos, también está el blanco silencioso de comparaciones, resentimientos y fantasías sociales sobre éxito, poder y reconocimiento.
Tal vez la gran ironía sea esta: se exige del médico que sea más que humano, y al mismo tiempo, no se tolera que él disfrute siquiera de las recompensas humanas que se supone que posee.
Y, sin embargo, él regresa al día siguiente.
Se pone la bata, ese curioso símbolo que, para unos, es capa de héroe; para otros, emblema de privilegio y vuelve a su oficio ambiguo: cuidar a quien lo admira, a quien lo critica y a quien, silenciosamente, lo envidia.
En el fondo, el médico es el espejo de una sociedad que no sabe muy bien cómo lidiar con sus propios límites ni con sus propios deseos.
Y, como todo espejo fiel, termina siendo amado por la esperanza que refleja, odiado por la verdad que revela… y envidiado por lo que parece representar.
Dios nos libre del error social en lo que sea, porque si, seremos crucificados!
Así me sucede actualmente, y la justicia es ciega, pero los jueces no, ni los abogados que se prestan ante las mentiras de sus defendidos. Y sus testigos que cometen perjurio. Triste realidad y así no se podrá construir una Sociedad Bajo la Justicia Social!
Solo nos queda esperar y confiar en la Justicia Divina!🙏😢