04/05/2025
“El Corazón de la Tierra”
Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo aún era joven y los ríos cantaban historias al viento, existía una gran montaña en el centro del mundo. La llamaban Madre Corazón, porque decían que desde su interior palpitaba la vida misma.
Cuentan que de esa montaña nació la primera mujer. No tenía nombre, porque su esencia los contenía todos. Era sabia como los árboles antiguos, fuerte como los océanos y suave como el primer susurro del amanecer. Donde caminaba, brotaban flores. Donde reía, nacían aves. Y cuando abrazaba, el dolor se deshacía como nieve al sol.
A ella no le importaba si los seres que encontraba eran hijos nacidos de su cuerpo o no. Su amor era amplio como el cielo y profundo como la tierra. Cuidaba, enseñaba, curaba. Se sentaba junto al fuego con los tristes, cantaba con los alegres, y tejía con paciencia los sueños de quienes aún no sabían soñar.
Pronto, otras mujeres comenzaron a despertar en diferentes partes del mundo. Unas sembraban en la tierra, otras en los corazones. Algunas parían hijos, otras parían ideas, canciones, refugios, caminos. Todas, sin excepción, llevaban una chispa de Madre Corazón en su interior.
El mundo floreció con ellas. Porque ser madre, decía la primera mujer, no es sólo dar vida con el cuerpo, sino también con el alma, con las manos, con la palabra, con el abrazo.
A veces, algunas se olvidaban de su luz. El cansancio, la tristeza, la soledad empañaban su brillo. Pero entonces, la tierra, en su infinita sabiduría, les susurraba desde el viento, desde la luna, desde el canto de un niño o el brote de una semilla:
“Estás hecha de mí. Eres raíz, savia y flor. Eres madre incluso cuando no lo sabes.”
Y así, cada Día de la Madre, la Tierra entera suspira y recuerda a todas las mujeres que cuidan, crean, inspiran, protegen, nutren. A todas las que, con su mera presencia, hacen del mundo un lugar más cálido, más bello, más lleno de amor.
💡Idea y texto: con la ayuda de IA.