08/05/2026
En la jornada por el día internacional de la Enfermería historia para contar de una Mayaricera.
El último vaso de agua para : , la que desafió al destino en el
Eran las primeras horas del 26 de julio de 1953 y el Hospital Saturnino Lora, en Santiago de Cuba, se había convertido en un hervidero de heridos, militares y rebeldes. Entre el bullicio y el olor a sangre y desinfectante, una enfermera de origen mayaricero cumplía con su deber sin imaginar que aquella jornada la grabaría para siempre en la historia.
, nacida en hace casi 96 años, estaba en su puesto de combate aquel día, y fue testigo de un instante que aún le quiebra la voz al recordarlo: con sus propias manos le dio el último vaso de agua a , momentos antes de que lo asesinaran.
Esa noche, su uniforme blanco se tiñó de una responsabilidad mucho más pesada que la gasa y las vendas: la de guardar memoria.
Aunque el tiempo la ha llevado a residir en , donde trabajó largos años como jefa de enfermería en el Hospital General Docente Mártires de Mayarí, nunca dejó atrás su vocación revolucionaria.
En aquel Saturnino Lora, no solo atendió heridos: protegió a los asaltantes sobrevivientes, escondió información y tendió puentes silenciosos para salvar vidas.
Así cobijó a figuras como Melba Hernández, Haydée Santamaría y el doctor Mario Muñoz Monroy, quien aquel mismo día fue hecho prisionero y luego asesinado. Ella era parte de esa generación del centenario que, con las uñas y el sigilo, sostenía la esperanza mientras afuera rugían los fusiles.
Pero tiene otra historia que pocos conocen, y la cuenta con una mezcla de picardía y orgullo. En octubre de ese mismo año, cuando a lo juzgaron en la sala del hospital –el célebre alegato "La historia me absolverá"–, ella y otras enfermeras desafiaron toda norma.
"Nos encaramamos por una pared que dividía el hospital de la sala de juicios", recuerda en su testimonio. A escondidas, con el riesgo de ser expulsadas o peor, colgaron sus cuerpos para escuchar cada palabra del joven abogado que ya se perfilaba como líder. Fue su manera de asistir, no con vendas, sino con la conciencia abierta, a otro parto: el de la rebelión.
Décadas después, esa misma entereza hizo que una visitante ilustre llegara hasta para buscarla. Se trataba de , la periodista del Moncada, aquella mujer que acompañó a Fidel en múltiples recorridos y que necesitaba entrevistar a como testigo directo de los sucesos.
La mayaricera de Ley recibió a Martha con la humildad de quien nunca pidió reflectores, pero también con la firmeza de quien vivió la historia en carne propia. Intercambiaron recuerdos, nombres fechas y suspiros, y así quedó registrada otra puntada más en el gran tapiz de la memoria cubana.
El próximo 23 de julio, esta mayaricera y verdadera mujer de acero estará cumpliendo 96 años. No cualquier cumpleaños: Y entero, que la ha visto trabajar hasta rendirse, le desea salud. sigue ahí, con los ojos brillantes y la manos temblorosas, pero con el relato intacto. Es la misma que dio agua a un mártir, que se trepó a una pared por oír a Fidel y que cuidó en silencio a los héroes.
Por eso, cuando alguien pregunte qué significa ser revolucionaria y enfermera, que enseñen su foto y digan: "Mírenla. Ella estuvo allí".
Texto y fotos: Luis Lamoth Quiala