30/08/2026
LA ORDENACIÓN DE LA MUJER, NO ES VOTO PERO SÍ UN HECHO
Por Abraham Sánchez
"Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas" (2 Timoteo 4:3-4).
La ordenación de la mujer en la Iglesia Adventista del Séptimo Día hasta ahora no ha sido un voto de un Congreso de la Asociación General; pero es un hecho. Es decir, es algo que se impone por la pujanza arrolladora de una fuerza subterránea que fluye de la sombra.
Por todos los continentes cada Asociación dedica ancianas al ministerio y en muchos casos pastoras propiamente. A la luz de la Biblia no se puede negar la función de anciano como una función ministerial.
Se supone que en el Congreso de la Asociación General, que reúne a todos los delegados de las distintas latitudes del mundo, Dios habla por medio de las decisiones consensuadas. Pero la corriente poderosa ultra liberal está dispuesta a jugar a la imposición por la insistencia.
Todo pasa en una Iglesia que está espiritualmente desprevenida, alcanzada lamentablemente por el influjo del postmodernismo.
No es una acusación denigratoria o emocional de nuestra parte: es una realidad de la condición espiritual de la iglesia de los últimos tiempos. Si nos sinceramos admitiremos que estamos ante una iglesia que vive por debajo de la expectativa espiritual que el tiempo demanda. Susceptible de asimilar teorías.
Una observación simple deja claro que la diversidad de conclusiones sobre puntos vitales es abundante aún cuando hay definiciones claras en la Biblia y en los libros oficiales de doctrina.
Naturalmente que habrá voces dominantes que sobresaldrán ante todas y dirán que eso es una apreciación subjetiva.
Pero la Biblia es clara al decir la realidad de los últimos días: "Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas" (2 Timoteo 4:3-4).
Por más que uno se esfuerza por ver luz en la propuesta de la ordenación de la mujer al ministerio cristiano, solo ve que se hace sobre manipulación y distorsión de los textos bíblicos; sobre el desconocimiento de la estructura familiar diseñada por Dios y como se refleja en la congregación de los creyentes, o la iglesia.
La sociedad general, pero mayormente la iglesia, está fundamentada sobre la estructura familiar. La familia inevitablemente es el soporte de toda composición social sana. Porque la familia es irreducible, inevitable, imprescindible. Esto si tendremos una sociedad saludable.
Pero es de origen diabólico todo esfuerzo por deshacer la composición familiar. Y quizás alguno se asombre de que la iglesia de Dios esté peligrosamente amenazada con ese objetivo maléfico; que se asombre de que pueda haber hombres señeros en esa puja resuelta a no aceptar la familia como la base de la estructura de la iglesia.
El apóstol Pablo define eso prístinamente. Dice que el presbítero (el anciano o pastor local de la iglesia) "fuere irreprensible, marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía" (Tito 1:6).
Cualquiera sea su interpretación de ese texto, no podrá evadir la realidad de que el anciano de la iglesia debe ser un padre de familia. Y quede claro que no queremos decir que tiene que estar casado, sino que la base de la función es la autoridad familiar.
El siguiente texto después del mencionado dice "Porque es necesario que el obispo (el epíscopo) sea irreprensible, como administrador de Dios; no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas" (Tito 1:7).
Y estos dos versos colocan al obispo y al anciano en una misma función; es decir, es el mismo oficio. El verso siguiente, el ocho, lo describe como "hospedador" en primer orden, y eso es una función o virtud netamente familiar; es decir, que tiene la familia o el hogar como centro de recepción para bien de la iglesia.
¡No sé por qué esto alarma a tantas voces y se niegan a aceptarlo! Esa dependencia familiar es una constante a través de todas las Escrituras. En el sacerdocio hebreo la familia era llamada al ministerio y no solo el padre-sacerdote. Todos en la casa disfrutaban del privilegio del oficio en la misma medida que eran testimonio público, padre más esposa e hijos. El ungido era el padre y luego el hijo mayor generalmente heredaba la autoridad.
Más adelante, en los versos 10 y 11 se insta al obispo y/o epíscopo o anciano a reprender a los que "trastornan casas enteras", y la idea de casa (hogar) e iglesia se funden indiscutiblemente.
Ya antes, desde el principio, la familia había sido la iglesia: un padre como sacerdote y maestro, quien guiaba a los hijos al culto de adoración y al conocimiento del buen camino de agrado a Dios. Dirigía los símbolos del sacrificio del cordero y la liturgia, antes de que se formalizaran en una estructura de templo.
El padre tenía la ordenanza: "y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes"... (Deuteronomio 6:7).
El Hijo tenía la instrucción de "no te olvides de mi ley, y tu corazón guarde mis mandamientos; porque largura de días y años de vida y paz te aumentarán. Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; átalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón" (Proverbios 3:1-3).
Esa composición es imperativa y fundamental para la conformación eclesial.
Pero el problema es que la familia bíblica fue diseñada por Dios con un orden de autoridad. Y desgraciadamente eso no cabe en el postmodernismo liberal. Desdichadamente la teología ha sido tragada por esa corriente. Maestros se amontonan según sus propias concupiscencias y apartan su oído de la verdad para seguir fábulas.
Si el padre es el responsable del sacerdocio familiar, lo es de la iglesia. Es un mandato expreso de las Escrituras.
Las academias teológicas de las últimas décadas han sido infiltradas sutilmente por ideologías. La Biblia ha sido considerada como un libro atrapado en el tiempo y en la cultura antigua, anacrónica para guiarnos.
Bajo ese pensamiento y pujanza, textos como el de Efesios 5:21-24 se sacan totalmente de su contexto temático:
"Someteos unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo".
Cuando estos versos son visto con las preocupaciones del feminismo, resultan incomprensibles según los requerimientos del reino de Cristo. La idea de humildad se traduce como abuso, arrebato del derecho, supresión de la libertad.
Pero el modelo de Cristo como cabeza tiene demasiada fuerza y atemporalidad. No se puede circunscribir a lo cultural circunstancial. La idea bíblica de sumisión que debe prevalecer en el hogar y la iglesia, no se puede arrastrar a la teoría feminista de igualdad de derechos y roles.
Igual suerte tiene en la teología moderna que ha arropado hasta nuestras academias y oficinas el verso de 1 Timoteo 2:11-15:
"La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia" (1 Timoteo 2:11-15).
Esta recomendación es dirigida a la iglesia en Éfeso y obviamente no se limita a una recomendación que se queda en el hogar sino al rol eclesial del esposo obispo y al de la madre. Que la mujer aprenda en silencio no quiere negar que la mujer pueda enseñar. Tampoco niega que pueda opinar. Solo que en las decisiones administrativas propiamente ministeriales, la mujer no es autoridad.
No es un asunto del pecado, porque el verso dice que antes de que hubiera pecado Adán fue creado primero y después Eva; una razón por la que la mujer debe aprender en silencio con toda sujeción.
Si la sujeción de la mujer es comparada con la sujeción de la iglesia a Cristo, eso no puede relegarse a lo cultural o circunstancial. Y enseñar lo revelado por Dios es cosa de su arbitrio, por el mecanismo y forma que él establece.
Dios dispone un orden de autoridad, y eso procede desde el Edén, desde Adán y Eva. No desde una cultura particular. Eva fue engañada y Adán no. Adán creado primero y Eva después.
Debe aceptarse que la naturaleza del juicio masculino y femenino tiene patrones, quizás emocionales, que inciden en las decisiones. De no ser así, este verso en cuestión está muy desatinado. Pero ante lo revelado, los únicos desatinados somos nosotros.
Pero debe aclararse lo del juicio: no es que la mujer sea menos acertada o menos inteligente que el hombre: es que Dios ha sujetado las cosas a una dependencia de autoridad. Son las funciones de cuidador y protector por una parte y la de dependencia y sumisión por otra, que se extiende a lo magisterial. Independientemente de quien tenga más inteligencia y de la igualdad de persona.
Hasta Dios con su igualdad de personas establece un orden de autoridad interna.
Es evidente que hay hombres más perdidos del juicio que cualquier mujer. Desde una perspectiva, la mujer puede tener un alcance que el hombre no tiene. Aún así su rol es, desde el principio, el de ayuda idónea.
El responsable ante Dios del pecado del mundo era Adán; si bien cada uno es responsable de su propio pecado. Por eso al inicio del capítulo 2 de 1 Timoteo aparece el obispo en una función pública, desde el verso 1 hasta el 8, exhortando "ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres" etc. Luego en el verso 9 pasa a definir el rol de la mujer.
Que la mujer aprenda en silencio no se refiere a si puede opinar o si puede exponer, sino que se trata de que no puede estar nunca en una posición autoritativa sobre el hombre. Y el obispado como el presbiterio se trata de eso.
No se trata de que el hombre siempre tiene la razón. Un pastor puede estar mil veces más equivocado que cualquier mujer así como un esposo ante su esposa. Pero el asunto de la autoridad no cambia. La mujer nunca pasará a ser cabeza del hogar.
Pero la mujer puede tener la razón; puede tener más condiciones para enseñar; puede tener más capacidad administrativa; pero eso no llega al peso de la autoridad. Porque ser sumiso, según las reglas del cielo, no es ver con peligro la dependencia y la sujeción.
Hasta que no comprendamos la autoridad bíblica o del cielo en relación a la sumisión que rige a los seres santos, estaremos perdidos en la misma discusión del feminismo terrenal traído a la iglesia.
Humanamente la sumisión es una vejación. Sin embargo es una práctica divina. De hecho es la naturaleza misma divina. Satanás no entendió eso y desde entonces la rebelión ha perturbado el universo; ha perturbado la familia humana.
La mujer se salvará teniendo hijos, y eso se refiere a su papel de madre y educadora familiar. Pero el progresismo moderno ha señalado esa función como vejatoria. La más alta y honrosa labor social se ha acusado de relegación y avasallamiento. La declaración de Pablo en ese sentido destaca más el rol femenino en la sociedad.
La iglesia de Dios no debe inscribirse en la teoría infernal que dice propugnar por una igualdad que ignora los roles como los estableció el cielo a la mejor conveniencia. Y no debe haber ingenuidad ante la amenaza de falsos maestros que introducirán doctrinas según sus concupiscencias.
Si usted cree que los teólogos autorizados garantizan el destino de la iglesia, o que sus títulos académicos son el salvoconducto del buen destido de la verdad, debe revisarse. La verdad está en la Palabra revelada por Dios y la autoridad descansa en la congregación.
Lo decidido en un Congreso por la iglesia y sustentado por la Palabra de Dios, es lo que debemos seguir.
Si los hombres fuerzan las cosas hasta el punto de ignorar lo que Dios ha venido ratificando en su Palabra y en las decisiones consensuadas de un Congreso a otro y otro, la apostasía tomará lugar y el Espíritu de Dios dejará a los hombres en su insistencia hasta que cosechen los resultados.
Hay que aprender de la historia pasada. La apostasía puede afectarnos como ha sucedido mil veces. No podemos confiarnos en que somos pueblo escogido y que no podríamos ser engañados o desviados.
Que el Señor te ayude a mantenerte en la Palabra revelada aunque todos se desvíen.
Bendiciones.
Abraham Sánchez 👈
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