07/06/2026
Durante demasiado tiempo nos han enseñado a mirar nuestro cuerpo como algo que corregir. A medirlo, compararlo, exigirle que encaje en un ideal imposible que siempre parece estar un paso más allá.
Pero, ¿Y si en lugar de preguntarnos cómo se ve nuestro cuerpo, empezáramos a preguntarnos de qué es capaz?
Capaz de moverse. De bailar. De correr. De aprender. De caer y volver a levantarse. De devolvernos a la vida. Capaz de llevarnos a lugares que nunca imaginamos y de regalarnos sensaciones que no caben en ningún espejo.
Siempre me consideré un poco torpe. O quizá me hicieron creer que lo era. Crecí con esa voz que aparece justo antes de intentarlo y pregunta: “¿De verdad crees que lo vas a lograr?” Y, sin embargo, cada vez que me atreví, la historia fue diferente.
Descubrí que la confianza no llega antes de dar el paso. Llega después. Que la seguridad no aparece esperando, sino haciendo. Que sentirse viva tiene mucho más que ver con probar que con acertar.
Gracias al deporte he conocido versiones de mí que no sabía que existían. He descubierto fortalezas que jamás habría encontrado quedándome quieta. Y también he conocido personas maravillosas, porque al final el movimiento no solo conecta músculos y respiración; conecta vidas.
Por eso, cuando pienso en el cuerpo, lo pienso como un hogar. Un templo que cada persona cuida a su manera. No para cumplir expectativas ajenas, sino para habitarlo plenamente. Para disfrutarlo. Para vivirlo.
Quizá la reflexión sea esa: dejar de mirar nuestro cuerpo por cómo ocupa el espacio y empezar a valorarlo por todo lo que nos permite experimentar dentro de él.
Este templo es el lugar desde el que amamos, reímos, aprendemos, soñamos, bailamos, nos superamos y vivimos.