03/09/2026
El tiempo transcurre por nuestra piel.
Allí lo sentimos pasar, como una escritura silenciosa que deja preguntas, marcas e improntas. La porosidad del cuerpo nos recuerda que nada permanece intacto: nos vamos transformando mientras el tiempo nos atraviesa.
Está el tiempo de nuestro cuerpo,
el tiempo de nuestras memorias,
el tiempo de aquello que permanece
y también el tiempo que, poco a poco, nos desvanece en nuestra propia existencia.
El tiempo perdido.
El tiempo encontrado.
Y quizás es también allí, en ese transcurrir, donde aparece uno de nuestros mayores temores: la posibilidad de perder a aquellos que amamos. El instante en que la ausencia puede alojarse dentro de nuestra propia existencia y modificar para siempre la manera en que habitamos el mundo.
Sabernos finitos.
Sabernos frágiles.
Sabernos, en algún lugar, nada.
Materia que vuelve al polvo.
Y entonces llega la noche.
La noche como compañera.
La noche que no solamente oscurece, sino que alumbra desde otro lugar. Su luz tenue parece recordarnos que todo cierre contiene también la posibilidad de una apertura; que aquello que termina quizá no desaparece del todo, sino que cambia de forma.
La muerte como umbral.
Un umbral que nos desencarna, que deshace por un instante las coordenadas conocidas del cuerpo, del tiempo y del espacio. Quizás porque la muerte no pertenece a un tiempo lineal. Quizás porque allí donde pensamos encontrar un final, se abre otra dimensión de la existencia: una memoria, una huella, una presencia que ya no puede ser tocada, pero que continúa habitándonos.
Tal vez vivir sea también aprender a alojar esas transformaciones.
Aprender que el tiempo pasa por nosotros,
que el cuerpo recuerda,
que el amor deja huellas,
y que incluso la ausencia puede convertirse en una forma misteriosa de presencia.
Quizás somos eso:
cuerpos atravesados por el tiempo,
aprendiendo lentamente a habitar
lo que permanece
y lo que se va.