03/09/2026
SABIAS PALABRAS
Hay palabras que utilizamos con tanta frecuencia que terminamos olvidando lo que realmente significan. Una de ellas es «hijo de puta». La pronunciamos cuando estamos enfadados, cuando alguien nos ha hecho daño, incluso algunas veces en tono de broma. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué estamos diciendo realmente.
Literalmente, la expresión no insulta solamente a la persona que tenemos delante. Utiliza a su madre para degradarla. La palabra «puta» puede tener un significado descriptivo relacionado con la prostitución, pero cuando la utilizamos como insulto adquiere una carga claramente despectiva. Y ahí aparece una primera contradicción: queremos atacar a alguien por lo que ha hecho y terminamos despreciando a una mujer que quizá no tiene absolutamente nada que ver con aquello que nos ha enfadado.
Podemos estar profundamente enfadados con una persona. Podemos rechazar su comportamiento. Podemos decirle que ha mentido, que nos ha decepcionado, que ha actuado injustamente o que nos ha hecho daño. Incluso podemos decidir alejarnos de ella. Pero para expresar todo eso no necesitamos humillar a su madre, a su familia, a su origen, a su raza, a su orientación sexual ni a ninguna otra persona.
Y esta reflexión va mucho más allá de una expresión concreta.
Durante demasiado tiempo hemos utilizado palabras relacionadas con las mujeres, la homosexualidad, el origen, la raza, la discapacidad o la condición social para intentar rebajar a otra persona. Algunas expresiones están tan incorporadas al lenguaje cotidiano que ni siquiera pensamos en ellas. Pero que una palabra se haya utilizado durante muchos años no significa que tengamos que seguir utilizándola.
Aquí debemos preguntarnos algo importante: ¿qué clase de sociedad queremos construir?
No podemos pedir respeto mientras humillamos. No podemos reclamar libertad solamente para quienes piensan como nosotros. No podemos hablar de fraternidad mientras despreciamos al diferente. Y tampoco podemos defender nuestra propia dignidad negando la dignidad de los demás.
Una persona no vale más ni menos por el color de su piel, por haber nacido en un lugar determinado, por llamarse de una manera u otra, por amar a un hombre o a una mujer, por su s**o, por su situación económica o por pertenecer a una familia diferente de la nuestra.
Antes de cualquiera de esas circunstancias hay algo mucho más sencillo:
hay una persona.
Una persona que siente. Que sufre. Que tiene miedo. Que quiere ser querida. Que probablemente ha cometido errores, como nosotros. Que tiene una historia que desconocemos y unas heridas que quizá nunca llegaremos a conocer.
El racismo comienza cuando dejamos de mirar a la persona y solamente vemos su origen o el color de su piel. La homofobia aparece cuando creemos que tenemos derecho a despreciar a alguien por a quién ama o por cómo vive su identidad. La intolerancia comienza cuando pensamos que nuestra manera de vivir, sentir o pensar nos concede una categoría superior.
Y ninguna diferencia nos convierte en seres humanos superiores.
Podemos tener ideas políticas diferentes. Podemos ser de izquierdas, de derechas, de centro, no identificarnos con ninguna opción o cambiar nuestra manera de pensar con los años. Podemos discutir sobre economía, leyes, educación o sobre cómo debería organizarse nuestro país.
Eso forma parte de una sociedad libre.
Pero existen principios humanos que deberían encontrarse por encima de nuestras siglas y nuestras trincheras políticas.
La dignidad de una persona no debería depender del partido al que vote.
El respeto no debería tener ideología.
La igualdad ante la dignidad humana no debería ser patrimonio de unos contra otros.
Podemos discrepar profundamente y continuar tratándonos como personas. De hecho, quizá ahí se encuentre una de las mayores pruebas de madurez: respetar no solamente a quien piensa como nosotros, sino también a quien piensa de manera diferente.
Respetar no significa darle la razón. Tampoco significa aceptar comportamientos injustos. Podemos enfrentamos a una idea, denunciar una injusticia o poner límites firmes sin convertir al otro en nuestro enemigo.
Quizás hemos olvidado una palabra preciosa: fraternidad...
Fraternidad significa comprender que, con todas nuestras diferencias, compartimos algo esencial. Somos seres humanos intentando vivir, amar, equivocarnos, aprender, cuidar de los nuestros y encontrar nuestro lugar.
Cuando una sociedad empieza a dividirse continuamente entre "nosotros" y "ellos", termina perdiendo la capacidad de escucharse. Y, cuando dejamos de escucharnos, resulta mucho más fácil insultarnos... Después viene el desprecio. Y, cuando normalizamos el desprecio, acabamos justificando cosas que nunca deberíamos justificar.
Por eso la igualdad no consiste en que todos seamos iguales...
Consiste precisamente en algo más humano... En poder ser diferentes sin que esas diferencias determinen nuestra dignidad.
Quizá cambiar el mundo parezca demasiado grande... Pero podemos empezar cambiando algo mucho más pequeño... Nuestra manera de hablar y de mirar a los demás.
No conseguiremos una sociedad más humana gritando más fuerte que el otro. Tampoco insultandolo, señalándolo o despreciandolo... La construiremos cuando comprendamos que nadie necesita parecerse a nosotros para merecer nuestro respeto...
Que cada uno tenga sus ideas... Que cada uno defienda aquello en lo que cree... Que discutamos cuando tengamos que discutir...
Pero que nunca olvidemos lo esencial... Ninguna ideología está por encima de la dignidad humana...
Porque antes que votantes somos personas... Antes que adversarios somos personas... Antes que hombres, mujeres, homosexuales, heterosexuales, españoles, extranjeros, blancos,negros, amarillos, creyentes o no creyentes, somos personas... Y si queremos una palabra capaz de unir todas esas diferencias, quizás sea esa que tantas veces olvidamos... Fraternidad...
Una sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que todos pensamos igual...
Es aquella en la que, pensando diferente, somos capaces de tratarnos como iguales...
( Ildefonso Fuentes Marquez)