07/05/2026
Túneles que parecen no tener salida cuando no recordamos el hueco por el que entramos.
Un pensamiento, que quizás retrataba una verdad, o quizás sólo una historia que nos contamos, o que observamos con nuestras gafas y quisimos asumir como certeza.
Cómo si cada uno no mirásemos con unos ojos diferentes.
Cuánto enfado y frustración cuando, presos del miedo de no encontrar la salida, decidimos buscar fuera el culpable del malestar que genera la ceguera.
Decisiones que no recuerdo pero sí estoy asumiendo.
Incoherencias que no veo pero sí estoy viviendo.
Emociones que nublan la visión… y niegan esa posibilidad tan liberadora. Que siempre fui yo, de algún otro modo, dándome cuenta o no, a propósito o guiado por la vida con un propósito.
No siempre fácil darse cuenta y recordar…
Que soy yo el que tiene la llave.
Que eso que hay al otro lado me da tanto miedo que por momentos la escondo. Que hay manos alrededor para buscar cuando no la encuentro.
Que soy yo el que tiene la brújula. Esa que me indica cuándo algo me supera o me invita a superarme.
Cuánto nos atrapa una emoción. Más cuando se convierte en patrón, o incluso adicción.
Cuánto puede condicionar una y acción.
Cuántas posibilidades al hacerme cargo y poder cambiar el rumbo, aunque la salida no se vea tan cerca, pero saber que me dirijo hacia ella y que el laberinto está en mi imaginación… o en mi falta de .
Cuánto nos atrapa querer llevar al razón.
Cómo puede cambiarlo todo… escuchar otra opción (seguramente incómoda),
Cómo puede cambiarlo todo… elegir la salida antes de seguir tan cansado en esa carrera de querer contradecir a la vida.