18/08/2026
Nos enfocamos tanto en la receta de la , que por el camino podemos perdernos de ver si en verdad nos cuesta seguirla o una vez cocinada… saborearla.
Hay platos y momentos que no son de buen gusto, otros que agriamos y no por una cuestión de sabor.
Ingredientes que hoy no sacian y quizás un día anhelamos, quisimos, pedimos, o incluso ansiamos… pero que al tenerlos no podemos digerir bien… olvidando el hambre que un día tuvimos. Puede que su textura no combine con esos nuevos apetitos de “quiero otra cosa”, frutos del ego y sus exigencias infinitas en qué quiere, cómo y cuándo.
Hay recetas que llevan tiempo, pasos… otras que quizás nunca nos saldrán bien, o que tras mucho forzar nos sentarán mal porque al cuerpo le tocaba en realidad comer otras cosas… otras que no nos corresponden y (por algún motivo, siempre) a otros sí; comparándonos… aseguramos el regusto a frustración y dolor.
Comprender la receta en profundidad no tiene por qué saber bien del todo. No tiene por qué encantarme, o si, pero sí me llevará como primer paso a la .
Y puede que siga escuchando al estómago rugir, y pueda pararme a observar desde dónde pide, cómo puede tener hambre si ya comió el que era el plato del día, el de ese momento de vida… Eso por lo que incluso otros pelearían.
Y quizás a través de aprender a vivirlo y digerirlo, o de un tremendo cansancio tras mucho sufrir - stop, parón en seco - termine llegando a ese punto de profundo por lo que hoy sí tengo y ahorran puedo ver… que quizás no sea todo, y a la vez siempre lo es.