05/09/2022
En la ermita que ahora frecuento hay un cartel donde aparece la imagen de una niña con el dedo índice frente a los labios, y justo debajo se lee: ¡Silencio! Deja que Dios te hable.
Dios es una palabra tan corta y tan grande a la vez, y tan plagada de connotaciones de todo tipo, que sólo el silencio puede empezar a ofrecer algún atisbo de lo que esta relación encierra, o mejor dicho, abre.
El silencio posibilita la no escapada, la no huída del universo interior de cada uno. No es atender a ningún juicio, es más bien si quieres, ponerse ante el tribunal del amor y de la verdad, aunque estas palabras tan serias tampoco son las que resuenan en mí.
Tal y como yo lo veo, y lo experimento (¡y estoy en pañales!) es establecerse en una disposición interna para conocer lo que hay. El algodón de unos ojos que miran en silencio con verdadero interés y cariño por lo que observan nunca engaña.
Hay fantasmas, hay ansiedades, hay sufrimiento, hay mucha mi**da en nuestra casa cuando paramos a mirar y a sentir en silencio. Mi**da que empieza a ser transformada cuando es realmente acompañada. Oro puro del ser que busca evolucionar, bautizando sus muertes.
No hay nada que hablar. Nada que decir. No es tiempo de añadir más. Es tiempo de sentarse o arrodillarse o pasearse con lo auténtico del hogar de uno, huela como huela, sin tratar de arreglar nada. Algo así como "aquí estoy, esto es lo que soy ahora, aquí me tienes, así me traigo".
Así es como se despierta la fragancia de Dios, lo que susurra desde dentro con gesto acogedor. No pregunta porque ya sabe. Voz que entra, llega y colma cuando somos capaces de abrirle las puertas, de mostrarnos con las grietas. Por ahí entra, por ahí habla, a través de los espacios que se crean entre nuestras roturas del alma. Para eso hay que callarse. Callarse de verdad con la propia verdad de uno. Callarse para dejarse amar de verdad.