10/06/2026
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Hay días en los que la vida, sin pedir permiso, te roza el alma y te recuerda lo cerca que caminan la fragilidad y el milagro.
Ayer fue uno de esos días. Un instante apenas. Un cruce de segundos. El ruido del metal, el miedo suspendido en el aire y esa pregunta muda que nadie quiere formular. Y entonces, cuando todo se detiene, comprendes que lo único verdaderamente importante no son los planes, ni las prisas, ni las preocupaciones que llenaban tu cabeza unas horas ante, un segundo antes de ese impacto.
Es la vida.
La vida respirando.
La vida regresando a casa.
La vida abrazándote cuando podría haber sido de otra manera.
A veces creemos que tenemos tiempo para todo, que habrá otro día para decir “te quiero”, para celebrar, para agradecer. Y entonces llega uno de esos momentos que te abren los ojos de golpe y te enseñan que nada nos pertenece, salvo el instante que estamos viviendo.
Quizá por eso, después de ese desborde de tensión y miedo, todo brilló de una forma distinta.
La ilusión, la emoción del fútbol, la posibilidad de seguir soñando, las miradas compartidas, las sonrisas que nacían desde un lugar más profundo. Y terminamos celebrando.
No celebrábamos un resultado, ni siquiera un sueño. Celebramos algo mucho más grande, que estábamos allí, que seguíamos juntos.
Porque cuando la vida te deja asomarte por un instante al borde de lo que pudo haber sido, vuelves a lo esencial y descubres que la felicidad no siempre está en las grandes conquistas, sino que está simplemente en una mesa compartida, en la voz de quienes amas, en el regreso a casa, en el privilegio inmenso y silencioso de seguir teniendo un mañana como la de hoy, las prisas para el colegio y es cuando entonces, desde lo más hondo, solo queda dar las gracias a la VIDA.