19/06/2026
Henri Nouwen escribió que la compasión nos pide ir allí donde duele. No para arreglar, no para ofrecer respuestas rápidas, no para eliminar la incomodidad. Sino para permanecer.
Vivimos en una cultura que nos enseña a alejarnos del sufrimiento. A buscar explicaciones, soluciones o distracciones que nos permitan tomar distancia del dolor propio y ajeno. Y, sin embargo, la compasión nos invita a un movimiento muy diferente: acercarnos.
Acercarnos al miedo sin intentar silenciarlo. A la confusión sin exigir claridad inmediata. A la tristeza sin apresurarnos a transformarla en algo más aceptable.
La verdadera compasión requiere valentía. Porque supone reconocer que compartimos una misma condición humana. Que el dolor no es algo que le ocurre a “otros”, sino una experiencia que nos atraviesa a todos de diferentes maneras.
Cuando dejamos de posicionarnos como quienes saben, quienes curan o quienes rescatan, aparece la posibilidad de un encuentro más auténtico. Un encuentro en el que nadie está por encima de nadie. Solo dos seres humanos compartiendo, por un momento, la fragilidad, la incertidumbre y la belleza de estar vivos.
Muchas veces, lo que más transforma no es encontrar la solución adecuada, sino sentir que no tenemos que atravesar solos aquello que nos duele.
Si algo de esto resuena en ti, quizás sea una invitación a acercarte con más amabilidad a tus propias heridas y a las de quienes te rodean.
Porque la compasión no consiste en eliminar el dolor, sino en atrevernos a acompañarlo.