03/09/2025
Tatuador... El peso del oficio.
Hoy cualquiera puede tatuar. Basta una máquina, una cuenta en redes y la seguridad de autoproclamarse como tal, el mote de tatuador parece estar disponible en oferta, se compra rápido, se presume fácil y se gasta sin medida. Pero no siempre fue así...
Cuando yo era adolescente, ver a un tatuador era un acontecimiento raro, no era tan sencillo como abrir Instagram y encontrarte con cientos de “artistas de la piel”. Para toparte con un tatuador tenías que ir a lugares apartados, no siempre accesibles, muchas veces cargados de misterio, incluso de miedo. Ese encuentro tenía un peso distinto, significaba cruzar una puerta y entrar en un mundo que no estaba abierto para cualquiera.
Antes, quien se ganaba ese título cargaba con sacrificios, constancia y precariedades, ser tatuador era aferrarse al oficio desde la rebeldía, lidiar con frustraciones, sostenerse contra viento y marea, el mote no se regalaba, se forjaba a pulso y se reconocía en silencio, en las calles, en los estudios, en las cicatrices de quienes llevaban su trabajo en la piel.
Hoy, en cambio, el peso de la palabra se ha vuelto ligero, un día no eras nadie, al siguiente subes tu primer trazo y ya te haces llamar tatuador. Las redes democratizaron el acceso y borraron muchas fronteras, eso tiene cosas buenas, más difusión, más oportunidades; pero también demerita el título cuando se usa sin respaldo, sin ética, sin oficio.
Por eso creo que no cualquiera entiende lo que significa realmente ser tatuador, no es solo tatuar, es sostener esa bandera con respeto, con experiencia, con la responsabilidad de marcar para siempre la piel de alguien. Es entender que el tatuaje va más allá de un “parecer” y exige un “ser”.
Al final, cualquiera puede tatuar. Pero no cualquiera carga con el verdadero peso de la palabra TATUADOR.