20/04/2026
Es primavera. Las terrazas se llenan, el azul del mar vuelve a brillar y no hay un solo día que no parezca bonito. Regresa el olor a salitre, la piel dorada, el sabor a tomate fresco… a verano.
La ciudad se siente distinta, más viva. Y, con ella, también vuelven los catarros, las alergias y todo lo que el invierno dejó sin resolver. Porque renacer no es solo florecer, también es enfrentarse a lo que sigue dentro.
Sentir el disfrute de un matcha, los paseos diarios al castillo de Bellver, un ratito con tu amiga del alma, o ese níspero de temporada que te acabas de comer. Esos pequeños instantes llenos de VIDA.
Últimamente siento que la felicidad no es algo que se vive, sino algo que se recuerda. Aparece en esos momentos pequeños, entre dudas, entre cambios, cuando te das cuenta de que quizá ese lugar, esa compañía o ese camino ya no son para ti.
En primavera también aparece ese pensamiento incómodo pero claro: especialmente si estás en un lugar dónde tu granito de arena para aportar al mundo no está ahí.
“Me doy cuenta que ser feliz no es tan difícil. A veces, puede ser una cajita de yemas de San Leandro”.
Quizás la felicidad siempre fue eso: una mezcla de dolor y gloria.