La Escuela Del Alma

La Escuela Del Alma 🌟 Fundadora de la Escuela del Alma.
🙏Acompañamiento en proceso de conciencia.
💫Un espacio para comprender tu historia.
💛volver a tí .

07/09/2026

Hay algo muy curioso que apareció en una de las sesiones.

Esta persona tiene un negocio y, aunque sabe lo que quiere hacer, le cuesta muchísimo sostenerlo delante de sus clientas.

Tiene que adornar las palabras. Explicar demasiado. Buscar la manera de que nadie se enfade. Que nadie se vaya. Que nadie elija a otra profesional.

Y entonces aparece algo mucho más profundo que la forma de comunicar una decisión.

¿Qué ocurre dentro de mí cuando sé que una decisión mía puede incomodar a alguien?

Porque una cosa es elegir palabras amorosas y respetuosas.

Y otra muy distinta es necesitar que el otro esté de acuerdo para poder sostener lo que yo he decidido.

Cuando alguien cuestiona un precio: “¿Por qué ahora cuesta más?”

Cuando alguien cuestiona un cambio: “Antes me venía mejor.”

Cuando alguien dice: “Esto no me gusta.”

¿Lo vivo como una opinión diferente…

o lo vivo como una agresión hacia mí?

Ahí está la cuestión.

Porque una persona puede haber dedicado años a formarse, invertir tiempo, dinero, conocimiento y experiencia para ofrecer un determinado servicio.

Y, aun así, podemos sentirnos con la capacidad de decirle cuánto debería cobrar, qué debería cambiar, cómo debería hacerlo o qué sería mejor para su negocio.

Curioso, ¿verdad?

No queremos hacer nosotros el proceso de formarnos, invertir o convertirnos en profesionales de aquello que cuestionamos…

pero sí queremos decirle al otro cómo debería hacerlo para que a nosotros nos resulte más cómodo.

Y muchas veces lo justificamos diciendo:

“Es por mi bienestar.” “Es que así no puedo.” “Es que antes estaba mejor.” “Es que ahora es demasiado caro.”

Pero quizá la pregunta no sea qué está haciendo el otro.

Quizá sea:

¿Qué está pasando dentro de mí cuando el otro cambia?

Porque el problema no siempre está en que alguien suba un precio, cambie un servicio, ponga nuevos límites o decida hacer las cosas de otra manera.

A veces la incomodidad ya estaba dentro de nosotros antes de que apareciera esa decisión.

Y entonces llega alguien y simplemente la toca.

Esto también sucede cuando tenemos un negocio.

Queremos crecer, pero

07/09/2026

¿Por qué no me hace caso?

Quizá alguna vez te has encontrado pensando esto sobre alguien:

“¿Por qué sigue dando tantas vueltas?”
“¿Será que no se lo estoy explicando bien?”
“¿Qué tengo que hacer para que entienda que esto es lo mejor para ella?”
“Si hiciera lo que le digo, seguramente le iría mucho mejor.”
“¿Por qué no le da valor a lo que le estoy diciendo?”

Y mientras tanto, por dentro, tú también estás moviendo muchas cosas.

Porque es curioso cómo podemos llegar a ordenar rápidamente la vida de quien tenemos delante mientras la nuestra sigue esperando ser mirada.

El entorno también participa mucho de esta dinámica.

“Ahora tienes que hacer esto.”
“Deberías dejar aquello.”
“Tienes que cobrar así.”
“Tienes que cambiar.”
“Tienes que hacer esto otro.”

Y poco a poco podemos terminar creyendo que ayudar significa conseguir que el otro haga lo que nosotros consideramos correcto.

Entonces aparece la insistencia.

Una y otra vez.

“Te lo estoy diciendo por tu bien.”

Pero, ¿qué ocurre cuando la otra persona no lo hace?

Puede aparecer el enfado.
La frustración.
La crítica.
El rechazo.
Incluso la sensación de abandono.

Porque debajo de todo eso puede haber una necesidad muy humana:

“Necesito que hagas lo que te digo para poder sentir que mi intervención ha servido.”

El ego quiere poder decir:

“¿Ves? Te lo dije.”

“Gracias a mí estás aquí.”

Y cuando el otro no ejecuta nuestras indicaciones, puede dolernos más de lo que imaginamos.

No solamente porque no nos haga caso.

Sino porque quizá sentimos que tampoco está reconociendo nuestro valor.

Y aquí hay algo que para mí merece la pena mirar:

¿Qué parte de mí necesita que el otro haga lo que yo digo para sentir que tengo razón?

¿Qué ocurre dentro de mí cuando alguien no sigue mi consejo?

¿Puedo ofrecer una mirada, una información, una posibilidad… y después dejar que el otro decida?

Porque acompañar no es dirigir.

Acompañar tampoco es hacer el movimiento por el otro.

Y quizá tampoco necesitamos que la persona nos dé la razón para que aquello que hemos compartido tenga valor.

Podemos decir:

“Es

05/09/2026

Hay algo que aparece con mucha frecuencia en las sesiones y que me resulta especialmente curioso.

Personas muy pendientes de la vida de los demás.

De lo que hacen. De lo que no hacen. De lo que deberían hacer. De lo que hicieron bien. De lo que hicieron mal. De cómo deberían comportarse. De lo que sería mejor para ellos.

Mirando la vida del otro con lupa.

Corrigiendo. Examinando. Juzgando.

Como si supieran perfectamente qué tiene que hacer el otro para estar bien.

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Y qué ocurre cuando esa misma lupa la diriges hacia tu propia vida?

Porque a veces es mucho más fácil mirar hacia fuera que mirar hacia dentro.

Es más fácil detectar el enfado del otro que reconocer el mío.

Más fácil señalar la frustración del otro que sentir la que llevo dentro.

Más fácil decirle a alguien cómo debería vivir que preguntarme cómo estoy viviendo yo.

Y quizá, sin darnos cuenta, nos acostumbramos tanto a mirar fuera que dejamos de preguntarnos qué está pasando dentro.

En una de las sesiones, esto apareció de una manera muy clara.

Esta persona estaba constantemente pendiente de los demás, de sus decisiones, de sus comportamientos, de aquello que hacían o dejaban de hacer.

Pero cuando el foco dejó de estar fuera y volvió hacia ella, apareció algo diferente.

Mirarse no era tan agradable.

Ahí estaban el miedo. La rabia. La frustración. El dolor. Todo aquello que durante tanto tiempo había resultado más fácil observar en los demás que sentir en sí misma.

Y entonces pudo comprender algo:

Quizá no necesitaba seguir corrigiendo el mundo exterior.

Quizá necesitaba empezar a mirar, abrazar y cuidar su propio mundo interior.

Porque cuando toda tu atención está puesta en decirle al otro qué tiene que hacer, quizá estás dejando de escuchar aquello que tú necesitas.

Y no se trata de dejar de ver a los demás.

Se trata de no utilizar la vida de los demás para dejar de mirarte a ti.

Devolver el dedo hacia dentro.

Preguntarte:

¿Qué estoy sintiendo yo? ¿Qué estoy evitando mirar? ¿Qué parte de mí necesita ser escuchada? ¿Qué estoy intentando corregir fuera que me cuesta reconocer den

03/09/2026

“PERO SI ESO YA LO SÉ.”

¿Cuántas veces hemos leído algo que habla exactamente de aquello que estamos viviendo y hemos pensado:

“Esto soy yo.”
“Esto es lo que me pasa.”
“Ahora ya sé de dónde viene.”

Y sentimos incluso cierto alivio.

Porque hemos encontrado una explicación.

Pero hay algo que podemos preguntarnos:

¿Lo sabes tú o lo sabe tu mente?

Porque reconocer una información no significa necesariamente haberla integrado.

Puedes leer sobre el abandono y saber perfectamente lo que significa.

Puedes leer sobre el rechazo y reconocer todos sus patrones.

Puedes leer sobre la rabia, el miedo, la culpa, la necesidad de agradar o el sentirte insuficiente y decir:

“Sí. Esto me pasa.”

Pero...

¿Qué ocurre en tu cuerpo cuando lo lees?

Porque quizá la mente ya tiene una explicación.

Ya tiene una historia.

Ya tiene una palabra para aquello que siente.

Y encontrar esa palabra puede producir alivio.

“Ah... era esto.”

Pero quizá ese alivio no significa que aquello haya desaparecido.

Quizá significa que por fin hemos encontrado una explicación que nos permite sentir que entendemos lo que nos ocurre.

Y sentirse a salvo en lo conocido puede ser muy diferente de permitirnos sentir aquello que todavía no conocemos.

Porque mientras la mente busca una explicación...

el cuerpo sigue sintiendo.

Sigue cargando.

Sigue reaccionando.

Sigue mostrando aquello que todavía no hemos podido escuchar.

Y entonces ocurre algo que escuchamos muchas veces:

“Pero si yo ya lo he trabajado.”

“Ya sé que viene de mi infancia.”

“Ya sé que tengo miedo al abandono.”

“Ya sé que tengo problemas de autoestima.”

“Ya sé por qué hago esto.”

Y entonces aparece otra pregunta:

¿Dónde está eso en ti?

¿Dónde lo sientes?

¿Cómo lo sientes?

¿Qué ocurre en tu cuerpo cuando aparece?

¿Qué haces con esa emoción cuando llega?

¿La escuchas?

¿La permites?

¿La atraviesas?

¿O inmediatamente buscas una explicación para dejar de sentirla?

Porque quizá hemos aprendido a utilizar el conocimiento como una forma de protección.

Si puedo entenderlo, siento que puedo controlarlo.

Si puedo ponerle nombre, sien

01/09/2026

¿Y SI NO SE TRATA DE SOSTENER LO QUE HAS CREADO?

Hay algo que apareció en una de las sesiones que me hizo volver a mirar una palabra:

sostener.

Cuando hablamos de emprender, de crear un proyecto, de construir una vida propia, muchas veces pensamos:

“¿Seré capaz de sostenerlo?”

“¿Podré mantenerlo en el tiempo?”

“¿Y si no funciona?”

“¿Y si no puedo?”

Pero quizá la pregunta sea otra:

¿Soy capaz de sostenerme a mí mientras creo?

Porque quizá no se trata solamente de sostener un negocio.

Se trata de aprender a sostenerte emocionalmente mientras construyes algo que quieres que forme parte de tu vida.

Sostener tus decisiones.

Sostener tus cambios.

Sostener la incertidumbre.

Sostener los momentos en los que todavía no sabes qué va a pasar.

Sostenerte cuando algo no sale como esperabas.

Y ahí pueden aparecer muchas preguntas:

¿Quién se queda desprotegido si yo me hago independiente?

¿Qué miedo aparece cuando pienso en sostenerme por mí misma?

¿A quién estoy cuidando?

¿De quién siento que tengo que depender?

¿Qué creo que puede pasar si ya no necesito que alguien me cuide o me proteja?

Porque a veces queremos avanzar con todas nuestras fuerzas...

pero hay una parte de nosotros que todavía tiene miedo de hacerlo.

Y entonces aparece el conflicto.

Quiero crear.

Quiero crecer.

Quiero ser independiente.

Quiero construir mi propia vida.

Pero algo dentro de mí frena.

Y quizá ese freno no tenga que ver con mi capacidad para emprender.

Quizá tenga que ver con lo que aprendí sobre sostenerme.

¿Qué viví anteriormente?

¿Qué ocurrió en otros trabajos?

¿Dónde sentí que se aprovecharon de mí?

¿Dónde sentí que no era suficiente?

¿Dónde sentí que tenía que luchar para conseguir?

¿Dónde aprendí que trabajar significaba sufrir?

¿Dónde aprendí que crear algo propio podía terminar haciéndome daño?

Porque cuando intentamos construir algo nuevo desde una información antigua, es posible que aparezcan los mismos miedos, las mismas defensas y las mismas formas de reaccionar.

Y entonces queremos resolverlo todo desde la mente.

Controlamos.

Analizamos.

Buscamos todas las posibilidade

31/08/2026

¿CUÁNTA ENERGÍA ESTÁS GASTANDO EN ENCAJAR?

Hay algo que quizá no nos hemos parado a mirar.

¿Cuánta energía de nuestra vida utilizamos para poder pertenecer?

Para agradar.

Para que nos quieran.

Para que nos vean.

Para que nos elijan.

Para demostrar que somos suficientes.

Para representar el papel que creemos que esperan de nosotros.

Para no molestar.

Para no decepcionar.

Para no quedarnos fuera.

Y mientras hacemos todo eso...

¿dónde queda nuestra propia energía?

Quizá está repartida por todas partes.

En las personas que necesitamos sostener.

En aquello que intentamos controlar.

En las expectativas.

En el miedo a perder.

En el esfuerzo por encajar.

En la necesidad de demostrar.

En todo aquello que hacemos para que alguien nos quiera, nos apruebe o nos elija.

Y un día, cuando dejas de hacerlo...

cuando ya no necesitas demostrar nada...

cuando dejas de representar un papel...

cuando puedes ser tú sin esforzarte para que te quieran...

algo empieza a volver.

Tu energía.

Tu fuerza.

Tus ganas.

Tu capacidad de crear.

Tu impulso.

Tu presencia.

Y entonces puedes darte cuenta de algo que quizá nunca habías sentido así:

cuánta energía tenía tu cuerpo cuando dejó de utilizarla para encajar.

No necesitas convertirte en alguien diferente.

No necesitas ser más fuerte.

No necesitas hacer más.

Quizá necesitas dejar de gastar tanta energía intentando ser alguien que no eres.

Porque cuando ya no tienes que esforzarte para que te elijan...

puedes empezar a elegirte tú.

Cuando ya no tienes que demostrar que eres suficiente...

puedes empezar a sentir que ya lo eres.

Cuando ya no tienes que agradar...

puedes empezar a escucharte.

Y cuando ya no necesitas salvar a todo el mundo...

quizá puedas recuperar la energía que llevabas tanto tiempo entregando.

No para alejarte de los demás.

No para abandonar a nadie.

Sino para volver a ti.

Y desde ahí puedes amar.

Puedes acompañar.

Puedes compartir.

Puedes irte.

Puedes volver.

Puedes crecer.

Puedes crear.

Puedes avanzar.

Sin que avanzar signifique abandonar.

Sin que soltar signifique dejar de amar.

Sin que elegirte signifique dejar a los demás atrás.

L

30/08/2026

TÚ VES A LAS PERSONAS CON LA MISMA PERCEPCIÓN QUE TIENES DE TI MISMO.

Esto apareció de una forma muy bonita en una de las sesiones.

Estábamos observando cómo una persona percibía a quienes estaban a su alrededor.

Cómo veía a su pareja.

Cómo veía sus capacidades.

Cómo interpretaba aquello que ocurría delante de ella.

Y, poco a poco, al abrir toda esa información, apareció algo que quizá no siempre queremos mirar:

la forma en la que estaba viendo a los demás también hablaba de la forma en la que se estaba viendo a sí misma.

Si yo no me siento válida, puedo encontrar delante de mí personas a las que percibo como incapaces.

Si yo no me siento suficiente, puedo sentir que la persona que tengo delante tampoco es suficiente.

Si vivo sintiendo que todo tengo que conseguirlo luchando, puedo interpretar mi realidad desde la lucha.

Si no confío en mí, puedo encontrar continuamente motivos para no confiar en lo que tengo delante.

Y no porque la otra persona no tenga sus propias circunstancias.

Sino porque mi percepción también está atravesada por la forma en la que yo me miro.

Por aquello que creo de mí.

Por lo que siento que merezco.

Por lo que creo que soy capaz de hacer.

Por la relación que tengo conmigo.

Y aquí aparece algo muy interesante:

Cuando aquello que tenemos delante no nos gusta, muchas veces lo separamos de nosotros.

Decimos:

"Eso es suyo."

"El problema es que él es así."

"Ella es la que no puede."

"Las circunstancias son las que me impiden."

Y al separarlo, dejamos de preguntarnos:

¿Qué está despertando esto en mí?

¿Qué estoy viendo?

¿Qué estoy sintiendo?

¿Qué parte de mí se está reconociendo en aquello que tengo delante?

¿Qué me está mostrando esta situación sobre la forma en la que me percibo?

Porque quizá no se trata de culparnos por aquello que encontramos fuera.

Se trata de observar nuestra propia mirada.

De poder reconocer aquello que proyectamos, aquello que nos cuesta aceptar y aquello que todavía no hemos integrado.

Porque cuando algo de nosotros no nos gusta, tendemos a excluirlo.

Y cuando lo excluimos, dejamos de escucharlo.

Pero aquello que rechazamos también pued

27/08/2026

¿Y si has elegido la pareja perfecta para volver a encontrarte contigo?

A veces miramos a nuestra pareja y pensamos:

«¿Por qué esta persona consigue activar tanto en mí?»
«¿Por qué reacciono de esta manera?»
«¿Por qué esto me duele tanto?»

Y quizá hay una pregunta todavía más profunda:

¿Qué parte de mi historia estoy volviendo a representar en esta relación?

Nuestro mundo emocional también se construyó a través de lo que vivimos en nuestra infancia.

A través de mamá.
A través de papá.
De lo que vimos.
De lo que sentimos.
De lo que no pudimos expresar.
De aquello que juzgamos.
De aquello que deseábamos que hubiera sido diferente.

Y, sin darnos cuenta, podemos encontrarnos con una pareja que se convierte en la persona perfecta para representar algo de aquello que vivimos en casa.

No porque la hayamos elegido conscientemente.
No porque nuestra pareja sea igual a mamá o a papá.

Sino porque determinadas dinámicas pueden tocar exactamente esos lugares que todavía tienen una carga emocional.

Y muchas veces se activa con más fuerza aquello que nos recuerda a la figura con la que tuvimos mayor conflicto, mayor dolor o mayor necesidad de reconocimiento.

Entonces se activa todo.

La rabia.
La frustración.
El miedo.
La necesidad de corregir.
Las expectativas.
Las ganas de que el otro cambie.

Y podemos pensar que todo eso está ocurriendo únicamente por lo que hace nuestra pareja.

Pero quizá esa relación también está mostrando algo que ya habitaba dentro de nosotros.

He encontrado a la persona perfecta para poder verme.

Para ver mis juicios.

Para ver mis expectativas.

Para ver mi necesidad de corregir.

Para ver mi rabia.

Para ver mi miedo.

Para ver ese dolor que aprendí a sentir en mi infancia.

Y entonces ocurre algo curioso:

Aquello que durante años juzgué en mamá o en papá…

ahora puedo verlo también en mí.

Puedo descubrir que aquello que tanto quería corregir fuera quizá estaba señalando algo que yo todavía no había podido mirar dentro.

Y cuando puedo vivirlo, sentirlo y observarlo desde mí, algo empieza a cambiar.

Ya no necesito encontrar culpables.

Nieves Expósito -La Escuela del Alma

26/08/2026

ACOMPAÑAMIENTO INDIVIDUAL

A veces hay algo que llevamos dentro y que pide ser escuchado.

Una pregunta.
Una situación que se repite.
Un conflicto que no sabemos cómo ordenar.
Una emoción que aparece una y otra vez.

Y quizá no necesitas tener todas las respuestas.

Quizá necesitas simplemente un espacio para parar y escuchar qué está ocurriendo en ti.

Por eso, en La Escuela del Alma creamos un espacio de acompañamiento individual donde puedas acercarte a aquello que estás viviendo con calma, sin prisas y sin necesidad de tener que saber de antemano qué es lo que está ocurriendo.

Durante la sesión puedes traer aquello que hoy necesitas mirar.
A través de la escucha, de las palabras y de la conexión con el cuerpo, vamos acercándonos a esa información que aparece, observando qué se mueve en ti, qué emociones están presentes y desde dónde estás viviendo aquello que hoy te genera conflicto.

No se trata de luchar contra lo que sientes.

Ni de buscar culpables.

Ni de separar aquello que te ocurre de ti.

Se trata de poder escucharlo, comprenderlo e integrarlo poco a poco.

Porque muchas veces intentamos encontrar las respuestas únicamente desde la mente.

Y cuando damos espacio al cuerpo, podemos comenzar a escuchar aquello que quizá lleva mucho tiempo intentando expresarse.

Un espacio sin prisas

Son dos horas porque hay cosas que necesitan tiempo.

Tiempo para hablar.

Tiempo para sentir.

Tiempo para guardar silencio.

Tiempo para llorar si aparece el llanto.

Tiempo para permitir que aquello que llevamos dentro pueda expresarse sin tener que apresurarlo.
Cada persona tiene su propio ritmo y cada sesión se desarrolla de una manera diferente.

No hay que llegar sabiendo qué vas a encontrar.

Solo necesitas venir con aquello que hoy está pidiendo ser escuchado.

¿Qué puedes traer a una sesión?

Una relación que se repite.

Una emoción que no consigues comprender.

Un miedo.

La sensación de no ser suficiente.

El rechazo.

El abandono.

La rabia.

La culpa.

Una situación que llevas mucho tiempo intentando cambiar.
O simplemente esa sensación de saber que quieres vivir de otra manera, pero no encontrar todavía el camino.
Acomp

Dirección

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