24/05/2026
“Es que soy muy exigente conmigo misma.”
Lo escucho con frecuencia. Y casi siempre viene acompañado de algo difícil de nombrar — mitad orgullo, mitad resignación.
Como si fuera simplemente así, inamovible. Así soy yo.
Pero cuando nos sentamos juntas y miramos un poco más despacio… aparece otra cosa.
Aparece una niña que aprendió muy pronto que el amor tenía condiciones. Que había que merecerlo. Con el esfuerzo, con la corrección, con no equivocarse nunca.
Esa niña creció. Pero la creencia se quedó viviendo adentro.
El perfeccionismo no es un defecto de carácter ni una virtud mal gestionada.
Es una forma de protegerse.
Una manera de decir, sin palabras: si no fallo, estaré a salvo. Si lo hago todo bien, me querrán.
El problema es que esa protección tiene un coste enorme. Agota. Y nunca termina de sentirse suficiente.
Poder ver de dónde viene — no para culpar a nadie, sino para comprender — es el inicio de algo diferente. De una relación contigo misma que no dependa del rendimiento.
Y tú… ¿recuerdas algún momento de tu infancia en que sentiste que tenías que esforzarte para ser querida o aceptada? 🤍